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Difusa línea del tiempo

Rubén Bueno

Y es entonces cuando la anciana toma uno de los rotuladores sobre la mesa y, no sin dificultad, comienza a escribir con su mano temblorosa. Una montaña picuda, una línea horizontal. Arriba, abajo, arriba. La lengua le asoma por entre sus dientes. Trata de acompasar cada uno de sus trazos, alentando a las palabras que se resisten a ver la luz, como si necesitasen también del oxígeno que la alimenta a través de la sonda nasal. 

– ¡Mira, mamá! ¡La abuela está escribiendo! -exclama el niño a su lado. 

Aparece entonces la madre, con el trapo entre sus manos, el olor del puchero en su ropa.

– Descanse, madre -sentencia, arrebatándole el papel a la anciana-. En su estado, no debería hacer sobreesfuerzos. 

La anciana mira entonces a su nieto, derrotada. En sus ojos se entremezclan la rabia, la pena y la frustración. Trata de comunicarle algo a su nieto, pero el niño, incapaz de entender la mirada de los adultos, se limita a sonreírle. No tardará el tiempo en borrarle todos sus recuerdos. Incluido este: el niño coge el rotulador que su abuela ha dejado sobre la mesa y, sin ningún esfuerzo, dibuja a una anciana en silla de ruedas. 

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La gata y el roedor

DC COMICS

Gregory Filograna

–Ha sido estúpido lo que has hecho, Bruce, completamente estúpido. 

Selina le miraba de reojo al tiempo que no perdía detalle de lo que acontecía en la calle. Se encontraban en el primer piso de un edificio abandonado en pleno corazón de los Narrows. La mayoría de sus vecinos y okupas lo fueron abandonando paulatinamente conforme los esbirros de Salvatore Maroni comenzaron con sus tácticas de extorsión. Con algunos, los primeros, empleaban ofertas muy por debajo del precio del mercado conscientes de la extrema peligrosidad de la zona. Con los segundos no eran tan considerados: amenazas y palizas estaban a la orden del día, y eran francamente útiles para que los propietarios reconsiderasen las ofertas de cara a prevenir que en siguientes ocasiones correr idéntica suerte. 

Sucedió, para desgracia de todos, que Maroni se encontró con un conflicto territorial con el otro gran capo de Gotham, Carmine Falcone, cuyos métodos no eran precisamente mejores. Con mayores contactos políticos y dentro de la policía de Gotham no iba a permitir bajo ningún concepto que Maroni aumentara tan significativamente sus infraestructuras y le arrebatara terreno en sus negocios, y la noche de un 25 de septiembre se declaró un incendió en el inmueble en el que murieron seis personas y cuyo informe policial tenía tantas lagunas que denotaba que el asunto no fue investigado a fondo y con el tiempo el asunto se olvidó. Y allí se encontraban Selina y Bruce, ella pendiente de que nadie les buscara y él calentándose las manos en un bidón metálico que ella previamente había llenado de cartones y material inflamable para encender un fuego que calentara a los dos, y eso no era un asunto menor: hacía frío. Hacía unos veinticinco años que en Gotham no hacía tanto frío.

– ¿Cómo sabes mi nombre? –respondió Bruce tras pensarlo unos minutos mientras se calentaba y se tocaba la mano dolorida. 

–¿Bromeas? Todo el mundo en Gotham sabe quién es Bruce Wayne y si no eres consciente de eso se convierte lo que has hecho en algo todavía más estúpido. 

–Gracias –dijo Bruce con una sonrisa torcida–, ya me enteré antes de lo que piensas de mí. 

Selina le sonrió divertida y al instante se volvió de nuevo hacia la calle, había creído ver a alguien aunque finalmente fue una falsa alarma. Bruce se dio cuenta de su descortesía y se acercó a ella, que le miró inquisitiva. 

–Creo que no hemos empezado con buen pie –se disculpó Bruce ofreciéndole la mano–. Permíteme que me presente: como bien has dicho, soy Bruce Wayne, encantado de conocerte, y permíteme también darte las gracias: técnicamente me has salvado la vida –Bruce se sintió muy tonto al decir esto último, aunque ya era tarde. 

–¿Técnicamente? –dijo Selina arqueando una ceja mientras tomaba su mano y notaba el dolor en la cara de Bruce. En fondo estaba encantada, hacía años que nadie era tan educado y cortés con ella–. Yo soy Selina Kyle y sí, te he salvado ese bonito culo. Hay que estar mal de la cabeza para caminar solo por los Narrows una noche como esta y meterse en una pelea con Los Cobras. Podían haberte matado. Y vuelve al fuego, esa mano parece que la tienes lastimada. 

Bruce le hizo caso y volvió al fuego. Efectivamente tenía la mano lastimada, le había propinado un buen puñetazo a la aguileña nariz de ese malnacido de Jack Napier, aunque éste le dejó un buen moratón en el ojo. 

–Pues ese capullo te llamó Cat –dijo de repente pensando en voz alta. 

–Ese capullo es Jack Napier, su pandilla trabaja para Victor Zsasz y ambos están mal de la cabeza. Y desde esta noche la tuya y la mía tienen precio, conviene que lo sepas. 

–No me importa –dijo Bruce tranquilamente. 

–¿Cómo que no te importa? –preguntó ella con perplejidad. 

–No, no me importa. Y parece evidente que a ti tampoco ¿Por qué otro motivo me ayudarías entonces? 

–Odio los linchamientos. Eran cinco contra uno y hubieras acabado muerto o algo peor. De haber sido uno solo tal vez no hubiera intervenido. Y de no haber habido nadie seguramente te habría robado yo. Esa chaqueta y el reloj valen un buen dinero. Podían haberte matado, Bruce. Es estúpido morir por un reloj. Tienes toda la vida por  delante. ¿No te das cuenta que hoy has podido morir dos veces? No sé como el hombre que disparó a tus padres no hizo lo mismo contigo –Selina se dio cuenta demasiado tarde. No debió mencionar a sus padres. Los ojos de Bruce relampaguearon durante un momento pero las lágrimas que recorrieron sus mejillas los apagaron instantáneamente. No, Bruce no hubiera permitido que nadie le robara ese reloj. Era su primer reloj y recordaba la ilusión con la que lo recibió el día de su cumpleaños. Valía una fortuna, pero Bruce no lo valoraba por eso. Recordaba con cariño ese cumpleaños lleno de amigos y la alegría de sus padres al contemplar su sonrisa al abrir el paquete que lo tenía dentro. Ese reloj representaba lo mejor de su vida. Eran los severos aunque cariñosos reproches de su mayordomo Alfred cuando salía corriendo de casa sin tomar su desayuno. Era la voz tranquilizadora de Thomas Wayne cuando le rescató de su caída en la cueva de la mansión en la que su trauma con los murciélagos le acompañaría toda su vida. Y también era la sonrisa de Martha Wayne cuando les deleitaba a todos con sus recitales de piano en el salón principal de la mansión Wayne. Sí, el reloj era la sonrisa de su madre. Y no volvería a verla nunca. Y a su padre tampoco. 

WARNER BROS

–No tengo toda la vida, Selina. No tengo nada –dijo Bruce con la mirada perdida. Entonces Selina lo entendió. 

–¿Has venido a matarle a él? –preguntó aterrada. 

–Sí. 

–¡Bruce! ¿Estás loco? ¡Si no te mató es porque no quiso! ¿Cómo se te puede pasar algo así por la cabeza? ¡Si te siente cerca te matará! –dijo acercándose a él temerosamente. 

–¿Acaso sabes quién es? –preguntó Wayne sorprendido y fuera de sí–. Si lo sabes, dímelo. ¡Dímelo, por favor! –la sujetó por los brazos y la zarandeó ligeramente. 

–Bruce por favor, suéltame…¡Me haces daño! –no era verdad, hubiera podido derribarle de un cabezazo en la nariz o con una simple llave, pero lo cierto es que estaba perpleja, sorprendida. No, era más que eso. Estaba conmovida. Aún consciente de que el de Bruce era un deseo suicida, de repente admiró su determinación. Le pareció un chico muy valiente. Más que ninguno que hubiera conocido antes en un barrio tan peligroso como era Narrows. 

–¡Lo siento Selina, lo siento! –Wayne la soltó y se dio la vuelta mientras sollozaba en silencio. Ella le miró fijamente un instante, se acercó y puso una mano en su hombro acariciándolo ligeramente intentando reconfortarlo. 

–No importa, yo en tu lugar habría hecho lo mismo –dijo esbozando una sonrisa. Bruce agradeció el gesto y cogió su mano. 

–Selina…¿Seguro que estás bien? Estás temblando…ven, quédate en el fuego, no va a ser solo para mí –se quitó la chaqueta e intentó ponérsela sobre los hombros. 

– ¡No! –dijo ella, alejándose de nuevo hacia la columna y haciendo como que vigilaba de nuevo si venían intrusos–. Estoy bien, Bruce. Me he criado en estas calles. Es el clima propio de los Narrows. Déjate la chaqueta puesta, te hace más falta a ti que a mi –concluyó mientras se sentaba en la columna abrazando sus piernas, aunque esta vez era a la calle lo que miraba de reojo: no dejaba de mirarle a él. 

–¿Selina? 

–¿Sí? 

–Muchas gracias, por todo. ¿Puedo llamarte Cat? 

–Si te hace ilusión… –respondió esbozando una amplia sonrisa escondida tras unas rodillas que coronaban sus largas piernas. Desde esa posición Bruce la observó con atención. Definitivamente era casi tan alta como él, espigada y esbelta, hasta el punto que podría casi ocultarse tras una sola de sus piernas como a ratos parecía hacer mientras las acariciaba como intentando entrar en calor. No podría tener mejor vigía. No perdía atención, era al mismo tiempo una francotiradora parapetada defendiendo una fortaleza asediada y a la par una gata acechando paciente su presa, un pajarillo o un ratón. Y Bruce se sentía un roedor. 

Selina no había dicho toda la verdad. Sí que tenía frío, no en vano fue el día más frío en los últimos veinticinco años pero ya se había mostrado demasiado vulnerable con Bruce por esa noche. No podía permitírselo. A sus diez años llevaba cuatro viviendo en las calles y cinco sola desde que murió su padre. Su madre había muerto al dar a luz y su padre era la única familia que tenía en el mundo. Un año tardó en escapar del orfanato. Preferiría estar muerta antes que volver a un sitio así. Cuando tenía ocasión, se escondía debajo de las ventanas de la academia de ballet viendo como bailaban las niñas y eso le alegraba el corazón. Era a la academia a la que decidió llevarla su padre cuando de muy pequeña se dio cuenta de su agilidad y elasticidad. Un don que la permitió hasta entonces defenderse. Un don que la permitió sobrevivir en los Narrows, a no pocas peleas y a no pocas huidas como esa misma noche. Y un don que le permitió disfrutar de la magia del ballet. «Mi bailarina gatita» como decía su padre. Su padre fue el primero en llamarla Cat. 

No se dio cuenta, pero se había quedado profundamente dormida. Y fue extraño, pues tras una noche tan gélida no amaneció tan entumecida como hubiera sido lo normal. De hecho, sintió algo extraño y abrió los ojos ligeramente sobresaltada. Bruce ya no estaba allí. Aprovechó para irse cuando se quedó dormida. Había vuelto a la mansión Wayne y se llevaría una buena regañina por el disgusto al pobre Alfred tras apearse de la limusina en marcha en busca de venganza tras la larga noche en comisaría. Al intentar incorporarse entendió el motivo por el cual no tenía frío: Bruce le había puesto su chaqueta por encima. Abrigaba mucho y era muy agradable al tacto. 

–Gracias Bruce –pensó en voz alta–. Nos vemos pronto.

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El Cautivo y Paul Newman

Foto: Juanma Sánchez / Cofradía de Jesús Cautivo.

Lola Gómez

En el viejo aparador de la casa, que cada año pintaba de color blanco y turquesa, colocaba María a modo de trofeos los restos de un escaso ajuar de soltera, en parte mutilado de tanta guerra a la que asistió. Tacitas coloridas mostraban sus redondeces. Diminutos vasitos se alineaban en batallón. Elegantes botellas estiraban sus cuellos de cisne, y alguna loza cartujana hacía equilibrio en una esquina, como si de un centinela acechante se tratara.

También convivían armoniosamente souvenirs venidos de muy lejos, que ella pedía con insistencia a toda vecina del rellano que tuviera la suerte de viajar aunque fuese a los pueblos de alrededor. Así logró reunir en los estantes el Tajo de Ronda, la plaza de toros de Antequera, el Balcón de Europa de Nerja y el que más apreciaba, una torre Eiffel en miniatura que Carmen la del B le trajo cuando tuvo que ir a recoger los huesos del abuelo, exiliado durante la guerra, al que su padre le hizo prometer que algún día traería a que descansara para siempre en el cementerio de Comares.

Aquel regalo, además de todas las ensoñaciones que en María despertaba, tenía un grandísimo valor para ella, pues fue la única vez que no se atrevió a pedirlo por tratarse de un asunto funerario. Claro es que Carmen, conociendo la afición de su vecina, no quiso cruzar los Pirineos de vuelta sin echar en la maleta un testimonio de su paso por tierras francesas, aunque nunca llegara a París y lo comprara en la última gasolinera de Francia, donde su Manolo paró a llenar el tanque del 850.

En medio de esa cacharrería, erguidos sobre algún plato que hacía de pedestal, una estampa de El Cautivo (por el origen trinitario de la familia) y una foto de Paul Newman hacían del aparador un altar entre lo divino y lo humano, donde María exhalaba los más profundos suspiros, sin que el simple de su marido sospechara cuál era el destinatario real de su lamento.

Cada mañana aprovechando la ronda de limpieza cotidiana, hacía parada obligatoria ante las baldas y, mientras pasaba el pañillo para quitar el polvo, le hablaba con mucha guasa a los retratos:

-Señor, parece mentira que no me concedas lo que te pido. No sé ya qué hacer contigo, te lo digo de verdad. Aburridita me tienes – le decía en tono de desesperación

-Paul, ten paciencia. Mañana le pondré una velita, a ver si se anima a ayudarnos

Y tomaba entre sus manos la fotografía y le besaba los labios, cerrando lánguidamente los ojos como había visto en las películas de Hollywood. Después le daba con el trapillo para borrar cualquier rastro de aquel exceso. Y para calmar su leve sentimiento de culpa, tomaba también la postal de El Cautivo y le besaba la frente.

-No te me pongas celoso, Jesús mío. De sobra sabes que tu sitio no lo ocupa nadie -le murmuraba con su salero andaluz, para continuar con sus rogativas insistentes-, pero hazme el favor de echarme un poquito de cuenta, o voy a tener que cambiarte por el Cristo de Medinaceli.

Algunas tardes se sentaba con Carmen a hacer punto, pero nunca se atrevió a confesarle lo que ansiaba alcanzar con la intervención divina. Ella no iba a entenderla. En realidad Carmen era feliz con la vida que tenía, y casi siempre le recriminaba que no fuese más dispuesta con su marido:

-Mari, hay que ver qué poco cariñosa eres con tu Rafael. El domingo, cuando te dije que os vinierais con mi Manolo y conmigo a tomar una cervecita, te pusiste muy antipática porque dijo que estaba cansado. Y es que es normal. Está hartito de trabajar toda la semana, pues llega un domingo y no tiene ganas de moverse.

-Mira, Carmen, si tu Manolo fuera un triste ya me contarías cómo te iría la vida. Lo que pasa es que has tenido mucha suerte, que te ha tocado un nombre que está a lo que tu digas.

-Bueno, eso será también porque yo sé llevarlo.

-¿Quieres decir que yo no sé hacerlo? – dijo María dolida por la aparente mala intención del comentario de su vecina.

-Mujer, me refiero a que si tu no te lo trajinas y él que es más apocado … pues así os va.

-¿Sabes qué te digo? que mejor tiro para la casa y dejamos esta conversación.

Y María pegó un portazo y salió disparada para su puerta, mientras Carmen desde el umbral intentaba remediar el daño:

-Llévate un trocito de tortilla de patatas para tu Rafael, Mari.

-No, gracias, ya le hago yo ahora un solomillo a la pimienta, a ver si con eso se anima -le respondía María con mucha retranca, lo que acababa provocando la risa de las dos, y era inevitable que empezaran a asomarse a sus puertas las vecinas.

Los días transcurrían entre plegarias al santo, besos furtivos al artista y chascarrillos con las mujeres del rellano.

Hasta que una tarde, a eso de las cuatro sonó el timbre del piso y Mari, que empezaba a sumirse en el dulce sueñecillo de la siesta, pegó un bote sobresaltada. No eran horas para molestar en una casa, pero pensó que sería cualquiera de las comadres en busca de un vasito de café y una puesta al día del último cotilleo escuchado en la tienda. Sin recomponerse siquiera, abrió la puerta y allí estaba: alto, vestido con traje y corbata, maletín en una mano y unas hojas sueltas en la otra a modo de propaganda publicitaria. Pero lo que provocó que María entrara en una especie de parálisis catatónica fueron sus ojos, entre celestes y verde mar, tirando incluso a transparentes.

El tipo entró inmediatamente al asunto y con voz dulce, aunque decidida, le preguntó:

-Buenas tardes, ¿conoces a Jesús?

No le quedó otra que pensar que por fin se había obrado el milagro.

Desde entonces, martes y jueves tenía una cita con Paul. Lo invitaba a pasar al comedor y se sentaban a charlar, no sin antes haber puesto bocabajo la foto del estante.

Y aunque realmente no se llamara Paul, sino Cristóbal, ella asumió que los caminos del Señor son inescrutables.

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La cita

‘Mujeres en un café’ (Edgard Degas, 1877)

Marina Díaz

Miró otra vez el reloj. El café ya estaba frío. El camarero llevaba un buen rato dando vueltas, aproximándose a la mesa, preguntándose si debía quitarlo, acercarle la cuenta o preguntar si todo estaba bien. Eran casi las doce y, pasada la hora punta, sólo quería tirarse en una de las sillas, quejarse en voz alta en el bar vacío y limpiar antes de que llegasen las reservas para los almuerzos. Mónica ni siquiera se daba cuenta de que estaba molestando. No era una cliente difícil, ni se consideraba maleducada. Siempre dejaba buenas propinas, sonreía a los chiquillos cada vez más jóvenes que atendían mesas y no les recriminaba una equivocación o espera. Aquel día, sin embargo, los nervios la dominaban. Llevaba desde las diez y treinta y seis sentada en aquella mesa. Llegó a las diez y cuarto, dedicó un vistazo al bar y decidió esperar, hasta que la mejor mesa quedase libre. No era especial a las demás. De hecho, era peor. Tenía una pata coja. Lo intentaron arreglar con bolas de papel, pero en el trajín de la mañana debió moverse y ahora, si se apoyaba, se torcía toda la mesa hacia la izquierda.

Quería esa mesa porque era la que daba a la ventana. Se veía a la perfección el portal al que llevaba atendiendo toda la mañana. Bloque diecinueve, primero B. Lo repitió tantas veces la noche anterior, temiendo que se le olvidara, que ya salía como una extraña oración y se repetía tres veces cada vez que volvía a pensarlo. Tenía una tarjeta, la consiguió a escondidas, aunque de pedirla le habrían dado un buen puñado. Ella lo prefería así, como un secreto. Miraba por la ventana, con tanta concentración que los ruidos del ambiente se desdibujaban, pese a los ruidosa que era esa calle. No escuchaba el tráfico, los niños llorando en los carritos, las madres hablando por teléfono, los ancianos arrastrando los pies… No escuchaba nada, excepto el telefonillo del edificio. Era imposible, sabía que era imposible, pero lo escuchaba en su cabeza, con una claridad ensordecedora. Tal vez era consecuencia de mirar con tanta fuerza.

Notaba los ojos secos, porque incluso se prohibía pestañear, atendiendo desde su puesto de vigilancia a todo el que pasaba por la calle. No dejaba de recibir visitas. Llegaban mujeres elegantes, con largas gabardinas y precioso pelo suelto. Llegaban chiquillas jóvenes, peinándose a prisas en el reflejo y atusándose la ropa antes de subir. Entraban ancianas, con manos temblorosas y bolsos aferrados con fuerza, que casi no podían ni moverse… ¡Hasta entraron hombres! “¿Ahora también atiendes a hombres?” Quiso preguntarle, aunque la indignación no salió de su cabeza, mientras se cruzaba de brazos en la silla y seguía mirando por la ventana, negando con decepción. “Bueno, los tiempos cambian.” Se decía para consolarse, asintiendo, despojándose del enfado, porque cómo iba a entrar allí enfadada, después de tanto tiempo. Hombres. Por qué no, que atendiera también a hombres. Era la mejor en su oficio, sólo había que fijarse en los rostros que salían, en la confianza renovada en el andar, en la satisfacción que los llenaba.

Se preguntaba cómo estaba. Si pensaba en ella. Incluso se preguntaba, temerosa, si al verla descubriría la infidelidad. Debía comprenderlo, ¿verdad? Necesitó poner distancia. Porque Javier ya sospechaba. Su marido hacía bromas nerviosas, a las que siempre les seguía un tenso silencio, como esperando que al fin lo confirmase. Su hija no sospechaba. Ella estaba segura. Alicia tenía claro que tenía un amante. Uno o dos. Porque no era normal ese entusiasmo. La acusó una tarde, cuando después de castigarla con el silencio al fin la enfrentó gritando y le dijo que lo sabía todo. Y le preguntó si ahora se divorciarían, y le dejó claro que si les estaba engañando no quería volver a verla. Debía comprender la desaparición. El silencio por más de un año, la traición con un completo desconocido a los seis meses.

Miró otra vez el reloj. Las doce menos cinco. No, ya estaban pasadas. Las doce menos cuatro. Se puso en pie con demasiada fuerza, haciendo bosar la taza de café y dando un susto al camarero, que fregaba el suelo cada vez más cerca de ella, esperando que captase el mensaje. Pidió disculpas nerviosa y tiró casi el dinero, saliendo disparada, temiendo llegar tarde. El abrigo era demasiado grueso. Los zapatos no combinaban con los pantalones. La blusa estaba arrugada. ¿Por qué quiso ponerse la más escotada? Cruzó la calle sin mirar, casi con la esperanza de que, si la atropellaban, al menos no debería enfrentarse a ese momento. Se miró en el reflejo de un escaparate. No, no. La ropa estaba bien. La excusaría al verla así, el punto justo entre el descuido y el desenfado. Se daría cuenta de que no la dejó porque encontró a alguien mejor, que no fue una cuestión de dinero.

No tenía a nadie. Estaba segura, porque llevaba un buen rato mirando, contando a las mujeres. Porque le horrorizaba pensar que al llegar estaría con otra. Aún peor, que antes de empezar con ella un hombre habría ocupado su sitio. La última mujer salió hacía unos diez minutos, ahora sólo la estaba esperando. Siempre fue cuidadosa con las citas, nunca colocó dos demasiado seguidas, justo para evitar las trifulcas, la incomodidad de la espera.

Ahora te está esperando.

El pulso se le aceleró. Dio un único timbrazo, firme, porque no había nada peor que mostrarse nerviosa frente a ella. ¿La recordaría? ¿La estaba esperando con una sonrisa en los labios, leyendo su nombre en la agenda y negando por los buenos recuerdos? ¿O no la recordaba y miraba la agenda sin prestarle atención, ya cansada de toda la mañana? Se peinó con una mano, se alisó la blusa para hacer más evidente el escote y afianzó con más fuerza el bolso al hombro. Subió por las escaleras, temiendo que tuviera la puerta abierta y la esperase en el umbral. No quería darle ventaja, no quería que pudiera mirarla por encima del hombro y bromear sobre si ya estaba cansada. Hacía más de un año de su último encuentro y quería ver primero los cambios, confirmar si el recuerdo la engañaba y si aquella mujer no era para tanto. Pensó, contando los peldaños, con las manos sudorosas y el corazón acelerándose, qué temas sacar, qué charla era la más adecuada, cuál esperaba. A esa hora, cansada de todo el día, qué no habría hecho y sobre qué no le habrían hablado.

La puerta estaba entreabierta y el suave olor del ambientador, tan dulce como recordaba, le dio la bienvenida antes que ella. Estaba tan guapa como siempre. Ahora tenía el pelo rubio y corto, con un gracioso flequillito que a nadie le quedaría bien, excepto a ella. Se giró para recibirla, con la bata ya en una de las manos y la amable sonrisa en el rostro. Fue directa a abrazarla, a dejarle un beso en la mejilla, que, si no viniera con la guardia alta y preparada para lo peor, le habría sacado un sollozo.

—¡Mónica, pero qué guapa estás! No me puedo creer que te haya aguantado tan bien el tinte, cariño. Si tiene el mismo tono que tu pelo.

Le tomó un mechón, para acariciarlo con esa ternura que tantísimo echó de menos.

—¿Qué va a ser esta vez, cielo?

Mónica sonrió, sintiendo que todo el peso se le esfumaba de los hombros. La recordaba. No estaba enfadada. Y le perdonaba la infidelidad, comprendía que debió disimular. O tal vez nunca llegara a comprenderlo. Pero a ella le gustaba así, siendo un secreto que nadie más comprendiera. Tomó aire antes de hablar, notaba ya las mejillas sonrojadas y las mariposas en el estómago.

—Lavar y cortar.

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El azar

Luis Arronte Ygartua

Álex siempre insistió en que le llamáramos Álex. Ni Alejandro ni Ale. Era un chico obstinado de unos 30 años mal llevados, con un portentoso fondo intelectual pero poca astucia. Muchos le conocíamos, sin embargo, por su apodo, “Trotsky”, que tampoco le disgustaba. Tenía el pelo rizado y desordenado, barba descuidada, gafas anticuadas, las manos pequeñas y los dedos siempre teñidos por el tabaco de liar. Si no parecía un esperpento era por la elegancia que le confería su considerable altura y ese abrigo de paño gris que le había regalado su padre cuando cumplió 20 años. Según explicaba, discutían mucho por sus diferencias ideológicas y se fue de casa. En los enormes bolsillos de ese abrigo siempre llevaba algún libro de poesía rusa que empleaba como arma de seducción cuando salíamos por la noche. “¿En serio no conoces a Anna Ajmátova? Déjame que te lea algo”, le decía a las chicas que le concedían diez minutos para hablar de sí mismo.

Es lo que más hacíamos durante esas noches, hablar. Hablar y fumar, porque era una época en la que aún se podía fumar dentro de los bares y así las noches se hacían más cortas. Literatura, música, cine y mucha, mucha política, con conocidos y con desconocidos. Fiel a su apodo, creía en una revolución permanente y en la destrucción del capitalismo mediante acciones individuales de menor o mayor calado. Todos podíamos aportar a la causa, según su opinión. Realmente quería que este asqueroso mundo occidental colapsara de una vez. Nadie debía salvarse, nadie estaba libre de pecado.

Además, Álex siempre tenía historias truculentas e inverosímiles. Juró que había evitado que una chica mexicana se suicidara tirándose por un balcón, que había estado en casa de un anciano que tenía huevos de serpiente en su nevera, que se había acostado con una huésped multimillonaria en el hotel donde trabajaba y ésta le había pedido un mechón de su pelo púbico. “Le dije que era una privilegiada loca y empezó a gritar”, me dijo aún asustado. Yo disfrutaba creyéndomelo todo. 

Perdió ese trabajo, por supuesto, como todos los demás. Lo curioso de este revolucionario era que decía que quería destruir el sistema desde dentro y eso le llevaba, vaya usted a saber por qué, a aceptar trabajos de baja cualificación en el epicentro del capitalismo. De poco le sirvió su licenciatura en Filosofía; como he comentado era intelectual, pero nada astuto. Cocinó hamburguesas en el McDonalds de la estación de trenes hasta que le pillaron metiendo en la comida mensajes sobre las horas extra que imponía la empresa. Le despidieron de El Corte Inglés porque informaba a los clientes sobre dónde podían encontrar el mismo producto más barato. Fue recogepelotas en el estadio de fútbol y se jugó la vida llamando “fascistas” a gritos a los hinchas del equipo local. ¿Por qué no buscaba un trabajo que se adaptara mejor a su visión del mundo? Sólo Trotsky lo sabía. 

Me contó su nuevo plan un viernes por la noche. Estaba realmente excitado. La empresa de trabajo temporal le había conseguido un puesto como vigilante dentro del nuevo salón de juegos de azar de la ciudad, el Cronos.

– No, ¿en serio, Álex? ¿El de la Avenida Galileo?

– Ese, tío. El que abrieron hace un mes, con esos cristales opacos y esas luces repugnantes. Esta vez lo voy a conseguir. 

– ¿Pero qué cojones dices para que te propongan para esos trabajos?

– Finjo que me da todo igual y que necesito el dinero, es fácil.

– Es que es verdad que necesitas el dinero.

– Sí, pero es mentira que me dé todo igual. 

Su intención era perpetrar un golpe y un atentado en el mismo día. Tras varias semanas realizando sus tareas con diligencia para conocer bien el Cronos por dentro generaría suficiente confianza en sus superiores para disponer de llave propia. Lo consiguió. Según me explicó más tarde tuvo que disimular hablando con ellos sobre “los putos progres que querían regular el juego de azar”, tuvo que celebrar los días de mayor recaudación como si el negocio fuera suyo y mintió diciendo que había trabajado durante dos años en un casino de Alicante. Descubrió una obviedad, que el domingo por la mañana era el momento más tranquilo y que hasta las 10 no llegaban los camareros para abrir. Contaba con todo lo necesario para poder entrar por detrás antes del amanecer y eludir las cámaras de seguridad, desconectar la electricidad del local, coger el dinero de la caja y, en una temeridad sin precedentes en la carrera antisistema de Álex, colocar una pequeña bomba casera en las tragaperras con cuenta atrás. Se llama “bomba de tubo”, hasta en la Wikipedia explican cómo se hace, aunque él contaba con instrucciones más detalladas en fanzines revolucionarios. Tenía pensado admirar el resultado de su plan desde un banco al otro lado de la avenida.

– Venga, tío, qué dices…

– ¡Que no pasa nada! A esa hora no hay nadie usándolas y están a veinte metros de la barra donde estarán los camareros, solo destrozaré las máquinas y tendrán que venir los bomberos, nada más. 

El domingo vi las noticias y le llamé por la tarde para que me contara qué factor disuasorio orquestado por el sistema capitalista opresor contra el que llevaba quince años luchando había frustrado su plan esta vez. En internet hablaban de un artefacto explosivo doméstico mal fabricado que no llegó a funcionar y del robo del dinero por parte de un encapuchado que había sido grabado por las cámaras de seguridad de edificios cercanos.

– No le habrás contado nada a nadie. 

– Tranquilo, Trotsky, no conozco a nadie que le interese este asunto. ¿Qué pasó?

– Estaba todo bien planeado, entré y quité la electricidad, no había mucho dinero, unos novecientos euros. Me dio tiempo a irme a casa a cambiarme y volver a sentarme en el banco de enfrente. Media hora más tarde vi a los camareros entrar. 

– ¿Y? 

– Y cinco minutos después vi entrar a mi padre. 

La bomba no funcionó, efectivamente, y su padre nunca supo que estuvo en peligro por culpa del hijo al que no veía desde que el juego se le fue de las manos. Cuando le vio entrar, me dijo, se levantó del banco y se fue. No quise preguntarle por qué no intentó evitar el posible desastre cuando vio que su propio padre podría ser víctima de su gran idea, no supe cómo preguntárselo. Sólo quise saber qué pensaba hacer con el dinero. “Iré a El Corte Inglés y me compraré el abrigo más caro que vendan”, me respondió. Y eso hizo.

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Tres

Francisco Miguel Romero

Santiago y Ana

En 1876, Blanche Monnier fue encerrada en una habitación por su madre. El cautiverio duraría 25 años. Un castigo que no debería haberse alargado, se transformó en una cadena perpetua. Ana, siempre que piensa en su viejo secreto, piensa en Blanche Monnier.

Mientras le aplican láser en su duro vello facial, Ana no puede dejar de entender a la madre de esa pobre desgraciada. A veces una oculta cosas en su interior por costumbre, por rutina. Cosas que se enquistan, se pudren, hieden. Y cuando las liberas, o te obligan a liberarlas, no entiendes, no eres capaz de comprender, qué demonios hacían encerradas.

Cada chispazo del láser en su cara es como un insulto de su exmujer. «Maricona de mierda», claro, había sido el más recurrente. Parecería que estuviera preparándose para el encuentro. Hacía mucho que no la insultaba, pero ahí quedó la marca para siempre. Decir que su ruptura no fue fácil es como decir que el terrorismo es una travesura de niños.

Chispazo. Bujarra. Chispazo. Chupa pollas. Chispazo. Culo lleno de leche. Chispazo. Muerde almohadas. Chispazo. Chispazo. Chispazo. El olor a pelo quemado impregna la habitación como incienso.

Ana no culpa a Nuria. ¿Cómo podría? La había engañado desde el mismo momento en que la conoció. No importaba que Ana se hubiera engañado a sí misma durante toda su vida, porque eso no era cierto: sabía bien quién era desde siempre.

Y fue Nuria quien abrió la puerta y se encontró de bruces con Blanche. Habían tenido una hija, Carmen, mientras el secreto se corrompía en silencio y, lo que era peor, sin necesidad alguna, en su interior.

Nunca le puso los cuernos. Nunca, a pesar de lo que le acusase Nuria, se había puesto su ropa. Ni siquiera con la excusa de juguetear en la cama; eso se lo pidió ella. Estos dos hechos eran importantes para Ana.

¿Por qué había llegado hasta aquel punto? Ojalá Ana tuviera una respuesta para dar. Sobre todo a sí misma.

Mañana por la tarde tenían una reunión con el tutor de su hija. No era casualidad que después de la sesión de refuerzo del láser por todo el cuerpo hubiera reservado hora en la peluquería. Lamentaba haber heredado las entradas de su abuelo.

«La niña va mal en el instituto, Santiago», le dijo Nuria. «Habrá que ir a ver al tutor». Ana siente un escalofrío en el perineo cada vez que piensa en Andrés, el profesor de su hija.

No se hace ilusiones, claro. Pero fueron esas cosquillas las que dijeron hasta aquí hemos llegado. Que había que ser por fuera la persona que es por dentro.

La mujer del láser cambia el aplicador y pasa a la zona perianal. Ana nota cómo el escroto se le endurece porque sigue ahí. El dolor que siente es el opuesto directo al hormigueo de pensar en Andrés. Algo más cercano a lo que sentía cuando en los últimos tiempos su exmujer le tocaba. Una mano en la pierna. Latigazo. Un beso en la mejilla. Latigazo. Un cachete en el culo. Latigazo. Latigazo. En la peor época, vomitaba cada vez que se acostaba con Nuria.

—Pues esto ya está. La dejo sola para que se vista.

Ana se sonríe: acaba de separarle los cachetes para completar la pauta.

A Ana le cuesta ponerse la ropa porque está toda pringosa de aloe vera.

Se recuerda que mañana por la mañana tiene también una reunión en el bufete así que tendrá que pasar a recoger el traje gris al tinte. Ha de darse brillo o no llegará a tiempo a la peluquería. Para la tarde tiene otro atuendo en mente.

No se hace ilusiones, claro. 

Andrés e Inés

Su mujer murió durante el parto. Hubo que practicarle una cesárea de urgencia, por lo que la niña nació impoluta, sin moratones. Nació, como se dice, de pie y eso mató a su madre.

Andrés no cogió a su hija durante su primer mes de vida. Casi no podía mirarla. Casi no habló ese febrero. Gracias a su madre, que se hizo cargo de la situación, a su hija no le faltaron las atenciones necesarias ni cariño. Su madre siempre estaba ahí para todo y todos. Una de esas personas que dan su amor a fondo perdido como el que da la hora. Que se enfadaba si él salía un poco de su estupor para darle las gracias. «A una madre no se le dan las gracias», decía. Desde el día que ella faltó el mundo fue indeciblemente peor.

Su suegra tampoco era capaz de acercarse a su nieta. No era mala persona; sólo estaba rota. Inés era su única hija. Lo era todo para ella y para su difunto marido. ¿Quién puede culparla? La madre de Andrés no lo hacía, desde luego.

Su madre se ocupaba de la niña y su padre de él. Lo obligaba a salir de la cama, a acompañarlo a hacer los mandados. A que le sujetara la linterna como cuando era un niño mientras hacía algún apaño en su casa que ya era sólo suya, ni siquiera del banco: el seguro de vida de Inés había cubierto el resto de la hipoteca. «Mi niño linterna», le llamaba su padre. Andrés se esforzaba en sonreír y su padre siempre lloraba en el coche a solas, durante el trayecto de camino a su casa, cuando su mujer le enviaba a por alguna cosa, con esa sonrisa que no era sonrisa clavada en la mente.

Andrés nunca quiso tener a la niña. La miraba de noche, a oscuras, mientras su madre, derrengada, dormía en la misma habitación. A veces la niña se despertaba y se quedaba ahí, balbuceando, sin saber lo que había provocado. Él se iba rápido, antes de que empezara a llorar y de que su madre se despertara.

Recibió un email de la junta escolar. Era correcto, profesional, frío. Agradeció eso. Le informaban de cuánto duraría su baja por paternidad. Se lo tomó como si le hubieran dado una baja por duelo. No era capaz de comprender cómo las bajas por paternidad podían durar más que una por defunción.

Llorar, lloraba poco, pero lo hacía a solas, en el baño. No estaba enfadado con la niña. Pero no podía cogerla. Su madre ya no le insistía. Su padre se lo callaba, pero, a veces, sí se enfadaba. Normal; era la cosa más bonita que había visto nunca. Él siempre quiso tener una niña, pero no sé quejó de ello nunca delante de sus dos varones.

Andrés, ya que su padre lo sacaba cada día de la cama sin demasiada resistencia, trataba de mantenerse al día y ayudar en lo que necesitara su sustituto con las tutorías. Lo había dejado todo muy cuadrado para el segundo trimestre, pero siempre hay algo que rematar. Creía que conseguía conectar con sus alumnos a pesar de que se encontraban en plena adolescencia. Intentaba ser amable, pero también buscaba mantener una distancia que a él le gustaba de calificar como cercana. Antes se veía a sí mismo como alguien que podía llegar a convertirse en un buen padre de un adolescente.

Cuando la niña lloraba mucho, se iba de casa. Nunca nadie se lo reprochó. A veces se metía en un cine. Otras, sencillamente paseaba. Las más se sentaba en un banco y hacía scroll en Instagram hasta que no aguantaba más. Fotografías y fotografías de conocidos y desconocidos. Caras y poses como si fueran modelos de moda, de pasarela. Inés era mucho de eso. Era agotador bajar a la playa con ella. Hacía poco que había borrado el perfil de Inés de todas las redes sociales en las que tenía cuenta. Cientos de imágenes de Inés frente a todo tipo de monumentos, calles y accidentes geográficos. Él conocía sus claves como ella las de él. No quería que sus amigos y seguidores siguieran posteando sus condolencias públicamente. No quería que cada aniversario de su muerte se convirtiera en un pequeño circo.

No se sentía padre; se sentía viudo. Y cada día que pasaba, más adolescente. Su casa se estaba convirtiendo en la casa de sus padres. Inés era quien llevaba las riendas del hogar. El día a día, el año a año. Lo único que le parecía que lo anclaba al presente era su trabajo y la baja aún tardaría en agotarse. Se planteaba regresar de manera voluntaria cuando cumpliera el mínimo establecido. También se planteaba acudir a un psicólogo. Cuando pensó en esto como en una posibilidad, creyó que estaba mejor y fue como si le faltara a Inés al respeto. Y de todos modos, ¿qué le iba a decir a un psicólogo?, ¿que estaba triste porque su mujer había muerto? ¿Que también se sentía traicionado? ¿Qué le podía responder el psicólogo, que dejara de estar triste? ¿Que esto también pasará?

Repasaba una y otra vez los wasaps de Inés. Muchos mensajes breves, puntuados con palabras de cariño de uso cotidiano. «Llegaré tarde», «baja», «pan!», ese estilo. Es lo que hay.

El día que se abrió un perfil falso en Tinder cogió a su hija por primera vez en brazos. Sólo un mes después de la muerte de su mujer se inventó un nombre y, sin subir ninguna imagen, comenzó a bucear entre las cuentas de las mujeres que cerca de él buscaban pareja. Duró cinco minutos. Dejó su móvil en su dormitorio y estrechó a su hija entre sus brazos. Su madre salió de la cocina y se lo encontró así, meciéndola por primera vez, besándola en la fontanela por primera vez, diciéndole «Inés, Inés» por primera vez. Su madre no dijo nada y los dejó solos. Ese momento sería lo último en que pensaría en su lecho de muerte, muchos años más tarde.

Cristóbal y Cristina

Lo cierto es que tiene un don. En el fondo, ni él mismo sabe cómo lo hace. A veces repasa las conversaciones que mantiene a través de las redes sociales y no comprende cómo llega a tocar las teclas justas que tiene que pulsar para conseguir lo que consigue. ¿Será esto lo que llaman instinto? A veces le preocupa un poco que su único talento sea conseguir que desconocidos le manden fotografías en las que aparecen desnudos. Pero tiene 16 años; la recompensa es grandiosa ante tan nimia preocupación.

Durante un tiempo Cristóbal pensó que lo lograba porque daba con gente predispuesta a ello. Así que, para probarse, usó sus perfiles falsos para conseguir imágenes de algunos de sus conocidos y compañeros: hizo estragos en el instituto y el ampa. Fátima, Elena, Macarena, Vicente, Bruno. Del triunfo con Nuria y Carmen se sentía especialmente orgulloso.

No es sólo las fotos que emplea en cada perfil. Hay algo más. Es capaz de descubrir la combinación de palabras justa. Se ve como un hacker mental. Algunas veces es más arduo y requiere tiempo, dedicación y planificación. Pero la mayoría de las veces es como si supiera cuál es la contraseña que se esconde en el cerebro de las personas que están detrás de la pantalla.

Y luego, ghosting, dejar en visto y hacer el vacío. Nada más. No llega a más. No lo necesita. No entiende la razón. Sabe que si sus amigos tuvieran este talento, no dudarían en usarlo para intentar follar de una vez.

Para Cristóbal es suficiente con obtener sus trofeos, esas imágenes amateurs baratas y sin gusto. Las tomadas en los baños, con toallas húmedas colgadas detrás de las puertas y con los lavabos repletos de botes le parecen las más chabacanas y son sus preferidas.

Nadie sabe nada de esto. Ni siquiera Cristina, su mejor amiga. La única persona que siente cercana. Con ella también se está empleando. Al principio se decía que quería gastarle una broma. Pero Cristina tampoco le ha dicho que se habla con un chico por Instagram y eso le ha dolido. No siente ninguna atracción por ella, pero sí creía que le contaría algo así. No importa. Ya estará ahí para Cristina cuando Marcos deje de contestar. Cuando su ansiedad ante el hecho de que un desconocido tenga fotos de ella desnuda la empuje a contárselo todo.

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Prosa

Marilyn en Carabanchel

María José Carmona

La mujer se asoma con lentitud a la ventana. Afuera es otoño y está bien. Le gusta que el suelo se vuelva marrón y crujiente. Un soplo de aire se cuela bajo el cristal y le eriza el vello de los brazos. Su piel -fina, transparente- es como un mapa físico, está llena de ríos y accidentes.
La mujer, esa mujer, la que antes se hacía llamar Marilyn, lleva el pelo recogido en un moño bajo cubierto de vetas blancas. Viste un jersey de punto gris y unos pantalones de pinza oscuros que, cuando camina, se le arrugan formando una cortina de pliegues bajo las ingles. Ella es así, siempre arreglada y con los pendientes puestos, aunque no salga de casa en todo el día, aunque nadie la venga a ver.
La mujer, antes conocida como Marilyn, mantiene no obstante algunos deslices de rebeldía, un cierto desaliño secreto y premeditado. Hace tiempo, por ejemplo, decidió no volverse a depilar, prefiere dejar que crezca lo que quede por crecer. De hecho, conserva con orgullo tres pelos, como tres estacas, en la misma punta de la barbilla.
La mujer, que un día fue Marilyn pero hace ya mucho que no, comparte su casa con un gato pardo muy estirado que se llama Arthur y varias decenas de libros que –todo hay que decirlo- hace tiempo se apropiaron de cualquier espacio disponible. Los tiene en los muebles, en el pasillo, junto a la nevera y sobre el televisor. Están Joyce y Whitman, Steinbeck y Flaubert. Últimamente la tiene atrapada una tal María Zambrano que en sus libros habla de la belleza y de Dios. Sinceramente, a estas alturas es lo único que le interesa.
La mujer, que aborreció a Marilyn, disfruta saliendo a pasear en metro, recorriendo la Gran Vía, yendo al rastro los domingos a comprar ropa interior. Camina con pasos muy cortos, las rodillas echaditas hacia adelante, la mirada libre. Nadie la ve. También le gusta ir a la compra. En el súper de su barrio trabaja Marilyn –otra Marilyn-. Tiene veinte años y es ecuatoriana. El pelo, decorado con gruesas mechas de oro, le cae hasta la cintura y lleva un piercing sobre el labio, en la margen izquierda del labio. Una bolita plateada cerca, muy cerca del lugar donde Marilyn –la vieja Marilyn- lucía su viejo lunar. A veces, por pura simpatía, la mujer comparte con su joven cajera algunos trucos de belleza. “Tienes que lavarte la cara al menos 15 veces al día”, le dice, “así se previenen las manchas”. Pero al instante se arrepiente: “tampoco te obsesiones hija, saldrán de todas formas”.
La mujer, esa mujer que al fin es otra, que ya no será Marilyn nunca más, no bajará hoy a la compra porque es jueves por la tarde y los jueves por la tarde la mujer va a otro sitio. En un rato se colocará el abrigo de paño, se pintará de rojo los labios entreabiertos, caminará diez metros, no más, y a la vuelta de la esquina entrará en un local inundado de luces, pedirá cuatro cartones y un vasito de Bitter Kas. No se le da bien el Bingo, nunca gana, pero le da igual.