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Marilyn en Carabanchel

María José Carmona

La mujer se asoma con lentitud a la ventana. Afuera es otoño y está bien. Le gusta que el suelo se vuelva marrón y crujiente. Un soplo de aire se cuela bajo el cristal y le eriza el vello de los brazos. Su piel -fina, transparente- es como un mapa físico, está llena de ríos y accidentes.
La mujer, esa mujer, la que antes se hacía llamar Marilyn, lleva el pelo recogido en un moño bajo cubierto de vetas blancas. Viste un jersey de punto gris y unos pantalones de pinza oscuros que, cuando camina, se le arrugan formando una cortina de pliegues bajo las ingles. Ella es así, siempre arreglada y con los pendientes puestos, aunque no salga de casa en todo el día, aunque nadie la venga a ver.
La mujer, antes conocida como Marilyn, mantiene no obstante algunos deslices de rebeldía, un cierto desaliño secreto y premeditado. Hace tiempo, por ejemplo, decidió no volverse a depilar, prefiere dejar que crezca lo que quede por crecer. De hecho, conserva con orgullo tres pelos, como tres estacas, en la misma punta de la barbilla.
La mujer, que un día fue Marilyn pero hace ya mucho que no, comparte su casa con un gato pardo muy estirado que se llama Arthur y varias decenas de libros que –todo hay que decirlo- hace tiempo se apropiaron de cualquier espacio disponible. Los tiene en los muebles, en el pasillo, junto a la nevera y sobre el televisor. Están Joyce y Whitman, Steinbeck y Flaubert. Últimamente la tiene atrapada una tal María Zambrano que en sus libros habla de la belleza y de Dios. Sinceramente, a estas alturas es lo único que le interesa.
La mujer, que aborreció a Marilyn, disfruta saliendo a pasear en metro, recorriendo la Gran Vía, yendo al rastro los domingos a comprar ropa interior. Camina con pasos muy cortos, las rodillas echaditas hacia adelante, la mirada libre. Nadie la ve. También le gusta ir a la compra. En el súper de su barrio trabaja Marilyn –otra Marilyn-. Tiene veinte años y es ecuatoriana. El pelo, decorado con gruesas mechas de oro, le cae hasta la cintura y lleva un piercing sobre el labio, en la margen izquierda del labio. Una bolita plateada cerca, muy cerca del lugar donde Marilyn –la vieja Marilyn- lucía su viejo lunar. A veces, por pura simpatía, la mujer comparte con su joven cajera algunos trucos de belleza. “Tienes que lavarte la cara al menos 15 veces al día”, le dice, “así se previenen las manchas”. Pero al instante se arrepiente: “tampoco te obsesiones hija, saldrán de todas formas”.
La mujer, esa mujer que al fin es otra, que ya no será Marilyn nunca más, no bajará hoy a la compra porque es jueves por la tarde y los jueves por la tarde la mujer va a otro sitio. En un rato se colocará el abrigo de paño, se pintará de rojo los labios entreabiertos, caminará diez metros, no más, y a la vuelta de la esquina entrará en un local inundado de luces, pedirá cuatro cartones y un vasito de Bitter Kas. No se le da bien el Bingo, nunca gana, pero le da igual.