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El árbol

Isabel M. Ruiz

Era ella. Laura. No sabía qué estaba pasando, por qué se veía ahí fuera. Paseando como cada día. Era ella. Su cuerpo, su voz, su ropa. Y se estaba viendo, estaba ahí. Fuera de ella. ¿Se había vuelto loca? Se miraba a sí misma desde la distancia, como una mera espectadora de su vida. ¿Es que estaba soñando? Espera. Me ha mirado. Me he mirado. ¡Laura, estoy aquí! Soy tú. Pero si yo soy tú, ¿quién eres tú? ¿Quién hay en ti? Espera. Tengo que estar soñando. Seguro que estoy soñando. O no. Soy un árbol. 

La primera vez que Laura paseó por el parque tenía una semana de vida. No lo recuerda, claro, pero sus padres lo habían repetido hasta la saciedad cuando era pequeña para justificar la atracción que había desarrollado desde bien niña por aquel lugar. Allí la llevaban para aliviar los cólicos y el llanto ensordecedor que le provocaban y que sólo se atenuaba dando vueltas en círculos entre los pinos. Allí celebraron su primer -y único- cumpleaños entre guirnaldas y globos. Allí dio sus primeros paseos en soledad cuando empezaba a rozar la adolescencia. Quizá fue entonces cuando comenzó todo, cuando empezó a hacer de ese microcosmos su vida. Allí conoció el amor: en las parejas de ancianos que paseaban juntos de la mano consumiendo sus últimos días entre confidencias, en los primeros besos furtivos y en la pasión creciente de los jóvenes bajo las sombras de las encinas, entre aquellos que empezaban a conocerse en las tardes de primavera viendo frente al estanque el atardecer. Allí conoció el amor, el odio lo llevaba aprendido de casa. Quizá fue esto otro lo que llevó a Laura a convertir el parque en su refugio. En su vida. A querer ser un árbol. 

Todavía recuerda cuando en el colegio le hablaron de que eran «los pulmones del planeta». Ella, que necesitaba tanto el aire, que ansiaba respirar. Ese día salió corriendo de clase hacia el parque. Anduvo un rato buscando el árbol más grande y, con un atisbo de miedo, se acercó a su tronco. Clavó sus ojos en las hojas en busca del mínimo movimiento que diera cuenta de sus exhalaciones. Se acercó más. Posó su rostro en la corteza áspera y húmeda y buscó en el fondo del silencio las aristas de la nueva vida que acababa de descubrir. Ese día pasó horas abrazada al árbol, intentando acompasar los latidos de su corazón a los microsonidos que creía captar de lo más profundo del interior de aquel ser vivo que rodeaba. Hasta muchos años después, cuando empezó a deshojarse como los fresnos del parque, no empezó a tomar consciencia de que ese era el único abrazo que recordaba de su niñez. 

Y ahora estaba ahí, buscando sus manos, su pelo. Queriendo gritar que estaba volviéndose loca. Que estaba soñando. Que alguien la ayudara, por favor. Que se había convertido en un árbol. Quería llorar. ¿Los árboles lloran?

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Aristas e intersecciones

Evaristo Gutiérrez

Una gota de sudor había recorrido la frente de Valentín y se había desplazado hacia el lateral de la patilla derecha, alargada como la corbata azul que hacía de continuación del mentón y que combinaba de manera impecable con un traje estrecho de pantalones tobilleros. Sus manos, también sudadas y enrojecidas del roce y los continuos pellizcos que él mismo se infringía, lucían por contra un color pálido y blanquecino que llegaba a confundirse con la intensidad luminosa de toda la sala y su mobiliario.

Aquel día, que tanto había esperado, al fin se encontraba prestando declaración, intentando aclarar lo sucedido:

– ¿Recuerda qué ropa llevaba usted puesta el día del asunto en cuestión, señor Goldstein? – dijo la abogada con una mirada tan elegante como gélida.

– Como si hubiera sido ayer: unos vaqueros azules, de tono gastado, y un polo de mangas cortas de color mostaza – respondió Valentín con un leve gesto altivo, surgido al presumir de buena memoria.

– Por cierto, antes de continuar, ¿me dice qué perfume usa? Debo reconocerle que huele de maravilla – le sorprendió la abogada, que mostró por vez primera unos dientes cuidados y alineados como el mecanismo de un reloj suizo.

– Un perfume de Salvatore Ferragamo – respondió más la sonrisa de Valentín que él mismo.

“Señoría Número Dos, como Abogada Número Seis de la Fiscalía solicito incorporar una nueva prueba al Tribunal”, escuchó Valentín justo antes de sentir una congoja que trepaba por sus órganos, arañaba su piel por dentro, parecía desgarrar sus músculos y exhalaba un grito que intentaba salir por su boca mientras él luchaba por introducir algo de aire en sus pulmones. “Microfibras de color amostazado”, y un escalofrío recorrió su espina dorsal; “colorante azul bajo las uñas de la víctima”, y una tensión apretó sus músculos como el cordel de un corsé; “microgotas de perfume”, y sintió que la luz de la sala se apagaba y que un negro implacable lo envolvía todo.

No entendía cómo los acontecimientos habían podido llegar hasta aquel punto. Él salió tarde del trabajo para ayudar a un compañero a terminar el encargo que se le había resistido. Tras un rato de charla y cervezas para aliviar la tensión que ambos habían acumulado, bajó al parking, se subió al coche, no sin pensar que no lo había llevado aún al taller para arreglar el golpe que tenía desde hacía meses en la parte delantera, lo arrancó y comenzó el camino de vuelta a casa. Recordaba lo bien que se había sentido al escuchar y tararear la música soul que tanto le gustaba, usando sus manos como baquetas de una batería imaginaria y su cuello como el soporte de unas maracas invisibles. A mitad de camino, recibió la llamada de Sophie, su mujer, que le contaba algunos cotilleos de las amigas con quienes había tomado café. Con gestos de manos, con su cabeza sin parar de asentir, transcurrió un buen trozo del camino hasta que, en un tramo de la carretera poco iluminado, un coche cortaba el paso.

El Tesla 8 tenía una rueda vacía por completo y el color rojo de la carrocería se había desprendido en la parte delantera, que tras haber rozado con el asfalto terminó sumergida en el agua que anegaba la cuneta. Después de frenar y observar la escena, Valentín apenas alcanzó a oír unos lamentos, unos ligeros gritos al mismo volumen que los susurros con que los enamorados se hablan tras una noche íntima. Una mujer con la boca abierta en un intento de insuflar aire a sus pulmones y con una blusa gris agujereada y ensangrentada, apenas alcanzaba a abrir de manera perceptible su ojo izquierdo. Valentín retiró el cinturón de seguridad y, echándose sobre ella para afianzar la postura, consiguió sacarla del habitáculo y tumbarla en el asfalto. A continuación volvió a su coche y llamó con su móvil a los servicios de emergencias, que solo llegaron para certificar la muerte de Celia, el nombre que mucho después supo que tenía aquella chica joven.

Tras un receso de dos horas solicitado por su abogado, y tras repasar la narración y su estrategia, volvieron a la sala, que ahora parecía más blanca, más fría, más muerta. Dejó los papeles sobre la mesa blanca que les servía de cuartel general y subió al estrado, también blanco pero brillante como las perlas de una ostra.

– Me gustaría volver a contar mi versión, Señoría – dijo Valentín antes de volver a contar los hechos con un semblante serio en oposición a su camisa arrugada y sus manos nerviosas.

– ¿Promete usted que es toda la verdad tal y como ocurrió? – preguntó por vez primera el juez con una voz grave mientras acariciaba la placa plateada que mostraba el número dos.

– Así es, Señoría. Tal y como acabo de contar – remató un Valentín esperanzado.

– O sea, que confirma que usted estuvo allí – inquirió la abogada, cuyos labios finos y amoratados amagaban una sonrisa y que, observó, había cambiado de traje durante el receso.

– Sí, claro que estuve allí.

– Y confirma también que la chica estaba con vida cuando se encontró con usted.

– Sí, lo estaba. Lo estuvo hasta unos minutos antes de que los servicios de emergencias llegaran.

Resonó entonces en la sala el tacón del zapato negro que la abogada golpeó contra el suelo antes de dirigirse al juez. “Señoría, no creo que haya más que preguntar ni juzgar”, proclamó. “El acusado reconoce haber estado en la escena, reconoce que Celia se encontraba viva, reconoce que la ropa que llevaba coincide con la que se encontró sobre el cadáver y reconoce que la vio morir”, recopiló. “Todo esto hay que sumarlo al hecho de que su coche presentaba un golpe en la parte delantera”, remató. El juez, con un gesto tan inerte como una piedra milenaria sobre la que el viento no parece hacer mella, asintió y tecleó la sentencia en el ordenador: “Culpable. Debe cumplir quince años de cárcel por homicidio y otros cinco años por falta de reconocimiento de los hechos”.

Valentín, con los ojos llenos de lágrimas y desolado, con todo su cuerpo desplomado, miraba a su abogado con gesto de incomprensión. ¿Estas son las consecuencias de la verdad y la honestidad, de parar e intentar auxiliar a un igual?, pensaba. El abogado, incómodo y con la mandíbula expresando rabia, le recordó la primera conversación que tuvieron. Los nuevos juzgados, con jueces y abogados robóticos, solo valoraban los hechos, sin la menor interpretación. Los algoritmos recorrían el código penal a una velocidad de vértigo y marcaban aquello cuanto se incumplía en el caso. Y nada más.

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En la periferia

Lola Ruiz Pérez

El blanco pardo del cielo se confunde con las fachadas de los bloques sociales, los autobuses cargan los deseos de la noche y por las ventanillas se anticipa ya la decepción del regreso, en las suelas de las botas se van pegando tickets de supermercado y anuncios de inmobiliarias, las cafeterías siguen teniendo nombres antiguos de mujer y las terrazas de los bares siempre están en la acera de la sombra, los árboles desaparecen en el juego de líneas de las antenas, no hay elipsis en los escaparates ni versos en los pasos de cebra, esta mañana salió la luz ya cansada y quizás esta tarde aún esté más oscura o más incierta, las calles no se han limpiado todavía, suenan los cláxones de las dobles filas. De algún bar surge una música como una ráfaga y, de pronto, hay un segundo de extraña belleza, un breve rayo de luz lo ha encendido todo en un momento. En la ventana de aquella décima planta, dos cuerpos se han estremecido. Por un instante se escucha el silencio del mundo. Es la rebelión de la periferia.

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Fuera de juego

Nacho Artacho

—Y hágame caso: tómese tres o cuatro pastillitas de valeriana, que no le van a hacer daño.

Había echado el bote en la maleta por no tener que escuchar a su mujer, que si es médico será por algo, Juan, que el título no se lo han dado en una tómbola, Juan, que luego te agarras uno de esos cabreos con el árbitro y te vuelve a pasar lo de Tarazona, Juan.

Había sido en la temporada 72-73. Después de un año de lo más accidentado (accidentes que iban desde la huelga de los jugadores por el impago de nóminas hasta un intento de soborno al colegiado extremeño Gutiérrez Pacheco), el equipo llegaba a la última jornada con opciones matemáticas de subir a Segunda B. Juan Larrea lo había acompañado en todos los desplazamientos del curso, pero una bronquitis de mal pronóstico lo obligaba a seguir el partido desde casa a través de la emisora de radio local. Corría el minuto 87 cuando Evaristo Uranga —un extremo prescindible que poco después se vería involucrado en un escándalo de apuestas clandestinas— saltó sobre los defensas rivales y cabeceó a las mallas un balón que caía lento y fofo desde la altura. Lo último que escuchó Juan Larrea antes de desplomarse fue la voz enfebrecida del locutor, que en el delirio se arrancaba con la primera estrofa del centenario himno del club. Lo siguiente fue abrir los ojos y ver el ramo de flores amarillas. Y oler aquel rastro de yodo y de tristeza en el aire.

—A partir de ahora se va a tener que tomar el fútbol menos a pecho, señor Larrea. Nunca mejor dicho.

Y detrás del médico, la cara asargentada de Teresa, yo ya te lo había avisado, Juan, si es que te me pones como un energúmeno por la mierda de la pelotita, Juan, que si al menos nos diesen dinero cada vez que ganasen, lo entendería, Juan, pero que no nos lo dan, qué más quisiéramos, que a ti te sigue quedando la misma miseria de pensión, Juan.

Por eso la valeriana. La valeriana y la farragosa cumbre diplomática en la que había conseguido convencer a Teresa para que lo dejase ir a Roma. Había tenido que prometerle, eso sí, que intentaría colocarse cerca de los servicios de la Cruz Roja y que volvería al autocar en cuanto se entregase la copa, nada de quedarse lloriqueando por ahí y nada de bañarse en pelotas de fuente en fuente, que nos conocemos.

El botecito iba perfectamente embutido entre la muda de calzoncillos limpios y la foto en blanco y negro del abuelo Tomás. De su mano había conocido el antiguo campo de tierra de la Ribera; y a Matías II y a Muguruza, que corrían la banda con las medias bajadas y de quienes se decía eran capaces de cubrir la distancia entre áreas en menos tiempo del que tardaría en hacerlo un hombre a caballo; y el olor a linimento y a churros mezclándose gradas arriba; y la pizarra interminable en la que el Cojo iba anotando el tanteo y en la que nunca le dejaba escribir.

Fueron éstas y otras nostalgias las que consiguieron que las quince horas de autobús le pareciesen soportables. Atravesaban Irún cuando logró por fin dar una cabezada, pero despertó a los pocos minutos aturdido por un mal sueño que interpretó como augurio desgraciado. En el tiempo de descuento, un defensa del Inter se colgaba del aire como un helicóptero y allí permanecía durante unos segundos —que a él se le antojaban inacabables— hasta que finalmente remataba de cabeza. El balón, camino de la red, estallaba y dejaba salir una nube de mariposas negras que revoloteaban por el área y se detenían en las cabezas de los jugadores. No volvió a pegar ojo en toda la noche.

Las primeras luces del día lo sorprendieron ya en las afueras de Roma. Dedujo entonces que todas las ciudades son la misma ciudad cuando se trata de la periferia: las mismas vías oxidadas y cruzando barrios a medio terminar, las mismas bragas tendidas al sol de la tarde, las mismas pintadas con faltas de ortografía y los mismos yonquis desbaratados haciendo corro en las aceras.

Enfilaba el autocar la Via Nazionale y Juan Larrea distinguió las primeras manchas azules. Al principio eran apenas cuatro o cinco puntos salpicados entre los paseantes  cotidianos,  un  puñado  de  cabecitas  de alfiler. Pero, conforme se acercaban al estadio, por las aceras se multiplicaban las bufandas y las trompetas, las fraternidades creadas por el vino, los cánticos desafinados y las promesas en caso de victoria que nunca se cumplirían. Le subió garganta arriba una bola intragable que reconoció de inmediato: lo mismo que el día que nació mi Paco, lo mismito. Esta vez no reprimió las ganas de llorar. Casi instintivamente, se agachó a por la maleta. La abrió de forma tan atolondrada que el tarro de valeriana acabó rodando hasta los primeros asientos, a la mierda, tampoco me la iba a tomar. Sacó la foto del abuelo, le estampó un beso que algo tenía de religioso y la plantó en el cristal de la ventanilla, ahí lo tienes, tú también lo vas a ver, que para algo te chupaste todas las temporadas en Tercera. Fue así cómo Tomás Capitán, que en sus noventa y tres años de vida no salió nunca del pueblo en el que había nacido y donde hacía las veces de cartero, conoció Roma.

Al ir a guardar la fotografía, Juan Larrea vio parpadear la luz del teléfono móvil al fondo de la maleta. Para cuando lo alcanzó, el zumbido había parado ya. Y es entonces que comprueba la pantalla y encuentra las veintisiete llamadas perdidas de la mujer. Y en ese momento lo sabe. No necesita hablar con ella ni registrarse los bolsillos interiores de la chaqueta para confirmarlo. Cierra los ojos y se deja caer en el asiento, y la imagen del balón estallando camino de la red y dejando escapar una nube negra le llena la cabeza. Una y otra vez el cuero se abre y las mariposas se le plantan en los párpados y se le cuelan en la boca, se chocan sin remedio y sin descanso contra las ventanillas, esquivan los manotazos de los pasajeros, hacen imposible la luz romana. Y en la negrura, enmarcada por el revoloteo incesante, distingue a Teresa, que como loca va y viene y vuelve a ir y venir por la casa, pero cómo se te ocurre, Juan, que ahora se mete en la cocina a amasar croquetas para no pensarlo, por el amor de Dios, Juan, que se asoma al balcón y se enciende el primer cigarro en cinco años, es que es para mear y no echar gota, Juan, y que de cuando en cuando no puede evitar mirar de reojo la entrada olvidada sobre el aparador.

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Difusa línea del tiempo

Rubén Bueno

Y es entonces cuando la anciana toma uno de los rotuladores sobre la mesa y, no sin dificultad, comienza a escribir con su mano temblorosa. Una montaña picuda, una línea horizontal. Arriba, abajo, arriba. La lengua le asoma por entre sus dientes. Trata de acompasar cada uno de sus trazos, alentando a las palabras que se resisten a ver la luz, como si necesitasen también del oxígeno que la alimenta a través de la sonda nasal. 

– ¡Mira, mamá! ¡La abuela está escribiendo! -exclama el niño a su lado. 

Aparece entonces la madre, con el trapo entre sus manos, el olor del puchero en su ropa.

– Descanse, madre -sentencia, arrebatándole el papel a la anciana-. En su estado, no debería hacer sobreesfuerzos. 

La anciana mira entonces a su nieto, derrotada. En sus ojos se entremezclan la rabia, la pena y la frustración. Trata de comunicarle algo a su nieto, pero el niño, incapaz de entender la mirada de los adultos, se limita a sonreírle. No tardará el tiempo en borrarle todos sus recuerdos. Incluido este: el niño coge el rotulador que su abuela ha dejado sobre la mesa y, sin ningún esfuerzo, dibuja a una anciana en silla de ruedas. 

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La gata y el roedor

DC COMICS

Gregory Filograna

–Ha sido estúpido lo que has hecho, Bruce, completamente estúpido. 

Selina le miraba de reojo al tiempo que no perdía detalle de lo que acontecía en la calle. Se encontraban en el primer piso de un edificio abandonado en pleno corazón de los Narrows. La mayoría de sus vecinos y okupas lo fueron abandonando paulatinamente conforme los esbirros de Salvatore Maroni comenzaron con sus tácticas de extorsión. Con algunos, los primeros, empleaban ofertas muy por debajo del precio del mercado conscientes de la extrema peligrosidad de la zona. Con los segundos no eran tan considerados: amenazas y palizas estaban a la orden del día, y eran francamente útiles para que los propietarios reconsiderasen las ofertas de cara a prevenir que en siguientes ocasiones correr idéntica suerte. 

Sucedió, para desgracia de todos, que Maroni se encontró con un conflicto territorial con el otro gran capo de Gotham, Carmine Falcone, cuyos métodos no eran precisamente mejores. Con mayores contactos políticos y dentro de la policía de Gotham no iba a permitir bajo ningún concepto que Maroni aumentara tan significativamente sus infraestructuras y le arrebatara terreno en sus negocios, y la noche de un 25 de septiembre se declaró un incendió en el inmueble en el que murieron seis personas y cuyo informe policial tenía tantas lagunas que denotaba que el asunto no fue investigado a fondo y con el tiempo el asunto se olvidó. Y allí se encontraban Selina y Bruce, ella pendiente de que nadie les buscara y él calentándose las manos en un bidón metálico que ella previamente había llenado de cartones y material inflamable para encender un fuego que calentara a los dos, y eso no era un asunto menor: hacía frío. Hacía unos veinticinco años que en Gotham no hacía tanto frío.

– ¿Cómo sabes mi nombre? –respondió Bruce tras pensarlo unos minutos mientras se calentaba y se tocaba la mano dolorida. 

–¿Bromeas? Todo el mundo en Gotham sabe quién es Bruce Wayne y si no eres consciente de eso se convierte lo que has hecho en algo todavía más estúpido. 

–Gracias –dijo Bruce con una sonrisa torcida–, ya me enteré antes de lo que piensas de mí. 

Selina le sonrió divertida y al instante se volvió de nuevo hacia la calle, había creído ver a alguien aunque finalmente fue una falsa alarma. Bruce se dio cuenta de su descortesía y se acercó a ella, que le miró inquisitiva. 

–Creo que no hemos empezado con buen pie –se disculpó Bruce ofreciéndole la mano–. Permíteme que me presente: como bien has dicho, soy Bruce Wayne, encantado de conocerte, y permíteme también darte las gracias: técnicamente me has salvado la vida –Bruce se sintió muy tonto al decir esto último, aunque ya era tarde. 

–¿Técnicamente? –dijo Selina arqueando una ceja mientras tomaba su mano y notaba el dolor en la cara de Bruce. En fondo estaba encantada, hacía años que nadie era tan educado y cortés con ella–. Yo soy Selina Kyle y sí, te he salvado ese bonito culo. Hay que estar mal de la cabeza para caminar solo por los Narrows una noche como esta y meterse en una pelea con Los Cobras. Podían haberte matado. Y vuelve al fuego, esa mano parece que la tienes lastimada. 

Bruce le hizo caso y volvió al fuego. Efectivamente tenía la mano lastimada, le había propinado un buen puñetazo a la aguileña nariz de ese malnacido de Jack Napier, aunque éste le dejó un buen moratón en el ojo. 

–Pues ese capullo te llamó Cat –dijo de repente pensando en voz alta. 

–Ese capullo es Jack Napier, su pandilla trabaja para Victor Zsasz y ambos están mal de la cabeza. Y desde esta noche la tuya y la mía tienen precio, conviene que lo sepas. 

–No me importa –dijo Bruce tranquilamente. 

–¿Cómo que no te importa? –preguntó ella con perplejidad. 

–No, no me importa. Y parece evidente que a ti tampoco ¿Por qué otro motivo me ayudarías entonces? 

–Odio los linchamientos. Eran cinco contra uno y hubieras acabado muerto o algo peor. De haber sido uno solo tal vez no hubiera intervenido. Y de no haber habido nadie seguramente te habría robado yo. Esa chaqueta y el reloj valen un buen dinero. Podían haberte matado, Bruce. Es estúpido morir por un reloj. Tienes toda la vida por  delante. ¿No te das cuenta que hoy has podido morir dos veces? No sé como el hombre que disparó a tus padres no hizo lo mismo contigo –Selina se dio cuenta demasiado tarde. No debió mencionar a sus padres. Los ojos de Bruce relampaguearon durante un momento pero las lágrimas que recorrieron sus mejillas los apagaron instantáneamente. No, Bruce no hubiera permitido que nadie le robara ese reloj. Era su primer reloj y recordaba la ilusión con la que lo recibió el día de su cumpleaños. Valía una fortuna, pero Bruce no lo valoraba por eso. Recordaba con cariño ese cumpleaños lleno de amigos y la alegría de sus padres al contemplar su sonrisa al abrir el paquete que lo tenía dentro. Ese reloj representaba lo mejor de su vida. Eran los severos aunque cariñosos reproches de su mayordomo Alfred cuando salía corriendo de casa sin tomar su desayuno. Era la voz tranquilizadora de Thomas Wayne cuando le rescató de su caída en la cueva de la mansión en la que su trauma con los murciélagos le acompañaría toda su vida. Y también era la sonrisa de Martha Wayne cuando les deleitaba a todos con sus recitales de piano en el salón principal de la mansión Wayne. Sí, el reloj era la sonrisa de su madre. Y no volvería a verla nunca. Y a su padre tampoco. 

WARNER BROS

–No tengo toda la vida, Selina. No tengo nada –dijo Bruce con la mirada perdida. Entonces Selina lo entendió. 

–¿Has venido a matarle a él? –preguntó aterrada. 

–Sí. 

–¡Bruce! ¿Estás loco? ¡Si no te mató es porque no quiso! ¿Cómo se te puede pasar algo así por la cabeza? ¡Si te siente cerca te matará! –dijo acercándose a él temerosamente. 

–¿Acaso sabes quién es? –preguntó Wayne sorprendido y fuera de sí–. Si lo sabes, dímelo. ¡Dímelo, por favor! –la sujetó por los brazos y la zarandeó ligeramente. 

–Bruce por favor, suéltame…¡Me haces daño! –no era verdad, hubiera podido derribarle de un cabezazo en la nariz o con una simple llave, pero lo cierto es que estaba perpleja, sorprendida. No, era más que eso. Estaba conmovida. Aún consciente de que el de Bruce era un deseo suicida, de repente admiró su determinación. Le pareció un chico muy valiente. Más que ninguno que hubiera conocido antes en un barrio tan peligroso como era Narrows. 

–¡Lo siento Selina, lo siento! –Wayne la soltó y se dio la vuelta mientras sollozaba en silencio. Ella le miró fijamente un instante, se acercó y puso una mano en su hombro acariciándolo ligeramente intentando reconfortarlo. 

–No importa, yo en tu lugar habría hecho lo mismo –dijo esbozando una sonrisa. Bruce agradeció el gesto y cogió su mano. 

–Selina…¿Seguro que estás bien? Estás temblando…ven, quédate en el fuego, no va a ser solo para mí –se quitó la chaqueta e intentó ponérsela sobre los hombros. 

– ¡No! –dijo ella, alejándose de nuevo hacia la columna y haciendo como que vigilaba de nuevo si venían intrusos–. Estoy bien, Bruce. Me he criado en estas calles. Es el clima propio de los Narrows. Déjate la chaqueta puesta, te hace más falta a ti que a mi –concluyó mientras se sentaba en la columna abrazando sus piernas, aunque esta vez era a la calle lo que miraba de reojo: no dejaba de mirarle a él. 

–¿Selina? 

–¿Sí? 

–Muchas gracias, por todo. ¿Puedo llamarte Cat? 

–Si te hace ilusión… –respondió esbozando una amplia sonrisa escondida tras unas rodillas que coronaban sus largas piernas. Desde esa posición Bruce la observó con atención. Definitivamente era casi tan alta como él, espigada y esbelta, hasta el punto que podría casi ocultarse tras una sola de sus piernas como a ratos parecía hacer mientras las acariciaba como intentando entrar en calor. No podría tener mejor vigía. No perdía atención, era al mismo tiempo una francotiradora parapetada defendiendo una fortaleza asediada y a la par una gata acechando paciente su presa, un pajarillo o un ratón. Y Bruce se sentía un roedor. 

Selina no había dicho toda la verdad. Sí que tenía frío, no en vano fue el día más frío en los últimos veinticinco años pero ya se había mostrado demasiado vulnerable con Bruce por esa noche. No podía permitírselo. A sus diez años llevaba cuatro viviendo en las calles y cinco sola desde que murió su padre. Su madre había muerto al dar a luz y su padre era la única familia que tenía en el mundo. Un año tardó en escapar del orfanato. Preferiría estar muerta antes que volver a un sitio así. Cuando tenía ocasión, se escondía debajo de las ventanas de la academia de ballet viendo como bailaban las niñas y eso le alegraba el corazón. Era a la academia a la que decidió llevarla su padre cuando de muy pequeña se dio cuenta de su agilidad y elasticidad. Un don que la permitió hasta entonces defenderse. Un don que la permitió sobrevivir en los Narrows, a no pocas peleas y a no pocas huidas como esa misma noche. Y un don que le permitió disfrutar de la magia del ballet. «Mi bailarina gatita» como decía su padre. Su padre fue el primero en llamarla Cat. 

No se dio cuenta, pero se había quedado profundamente dormida. Y fue extraño, pues tras una noche tan gélida no amaneció tan entumecida como hubiera sido lo normal. De hecho, sintió algo extraño y abrió los ojos ligeramente sobresaltada. Bruce ya no estaba allí. Aprovechó para irse cuando se quedó dormida. Había vuelto a la mansión Wayne y se llevaría una buena regañina por el disgusto al pobre Alfred tras apearse de la limusina en marcha en busca de venganza tras la larga noche en comisaría. Al intentar incorporarse entendió el motivo por el cual no tenía frío: Bruce le había puesto su chaqueta por encima. Abrigaba mucho y era muy agradable al tacto. 

–Gracias Bruce –pensó en voz alta–. Nos vemos pronto.

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Poesía

Insomnio

Isabel Vargas

Te ha despertado de madrugada 

un fuerte dolor en la sien, 

y se ha extendido por el cuerpo 

hasta llegar a la punta de los pies. 

Un monstruo de dientes amarillos 

ha acariciado tus senos 

para dejarte una pequeña marca 

de color azul 

cerca del corazón. 

La herida sólo resplandece 

en las noches de vigilia y soledad, 

cuando la esperanza cede 

y un batallón de arañas parece inundar el pecho.

Tiemblan los principios 

y también tu maltrecho estómago. 

Duele y quema 

y te hace confundir 

los últimos días de asquerosa intimidad

con un profundo deseo de compañía.

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Prosa

El Cautivo y Paul Newman

Foto: Juanma Sánchez / Cofradía de Jesús Cautivo.

Lola Gómez

En el viejo aparador de la casa, que cada año pintaba de color blanco y turquesa, colocaba María a modo de trofeos los restos de un escaso ajuar de soltera, en parte mutilado de tanta guerra a la que asistió. Tacitas coloridas mostraban sus redondeces. Diminutos vasitos se alineaban en batallón. Elegantes botellas estiraban sus cuellos de cisne, y alguna loza cartujana hacía equilibrio en una esquina, como si de un centinela acechante se tratara.

También convivían armoniosamente souvenirs venidos de muy lejos, que ella pedía con insistencia a toda vecina del rellano que tuviera la suerte de viajar aunque fuese a los pueblos de alrededor. Así logró reunir en los estantes el Tajo de Ronda, la plaza de toros de Antequera, el Balcón de Europa de Nerja y el que más apreciaba, una torre Eiffel en miniatura que Carmen la del B le trajo cuando tuvo que ir a recoger los huesos del abuelo, exiliado durante la guerra, al que su padre le hizo prometer que algún día traería a que descansara para siempre en el cementerio de Comares.

Aquel regalo, además de todas las ensoñaciones que en María despertaba, tenía un grandísimo valor para ella, pues fue la única vez que no se atrevió a pedirlo por tratarse de un asunto funerario. Claro es que Carmen, conociendo la afición de su vecina, no quiso cruzar los Pirineos de vuelta sin echar en la maleta un testimonio de su paso por tierras francesas, aunque nunca llegara a París y lo comprara en la última gasolinera de Francia, donde su Manolo paró a llenar el tanque del 850.

En medio de esa cacharrería, erguidos sobre algún plato que hacía de pedestal, una estampa de El Cautivo (por el origen trinitario de la familia) y una foto de Paul Newman hacían del aparador un altar entre lo divino y lo humano, donde María exhalaba los más profundos suspiros, sin que el simple de su marido sospechara cuál era el destinatario real de su lamento.

Cada mañana aprovechando la ronda de limpieza cotidiana, hacía parada obligatoria ante las baldas y, mientras pasaba el pañillo para quitar el polvo, le hablaba con mucha guasa a los retratos:

-Señor, parece mentira que no me concedas lo que te pido. No sé ya qué hacer contigo, te lo digo de verdad. Aburridita me tienes – le decía en tono de desesperación

-Paul, ten paciencia. Mañana le pondré una velita, a ver si se anima a ayudarnos

Y tomaba entre sus manos la fotografía y le besaba los labios, cerrando lánguidamente los ojos como había visto en las películas de Hollywood. Después le daba con el trapillo para borrar cualquier rastro de aquel exceso. Y para calmar su leve sentimiento de culpa, tomaba también la postal de El Cautivo y le besaba la frente.

-No te me pongas celoso, Jesús mío. De sobra sabes que tu sitio no lo ocupa nadie -le murmuraba con su salero andaluz, para continuar con sus rogativas insistentes-, pero hazme el favor de echarme un poquito de cuenta, o voy a tener que cambiarte por el Cristo de Medinaceli.

Algunas tardes se sentaba con Carmen a hacer punto, pero nunca se atrevió a confesarle lo que ansiaba alcanzar con la intervención divina. Ella no iba a entenderla. En realidad Carmen era feliz con la vida que tenía, y casi siempre le recriminaba que no fuese más dispuesta con su marido:

-Mari, hay que ver qué poco cariñosa eres con tu Rafael. El domingo, cuando te dije que os vinierais con mi Manolo y conmigo a tomar una cervecita, te pusiste muy antipática porque dijo que estaba cansado. Y es que es normal. Está hartito de trabajar toda la semana, pues llega un domingo y no tiene ganas de moverse.

-Mira, Carmen, si tu Manolo fuera un triste ya me contarías cómo te iría la vida. Lo que pasa es que has tenido mucha suerte, que te ha tocado un nombre que está a lo que tu digas.

-Bueno, eso será también porque yo sé llevarlo.

-¿Quieres decir que yo no sé hacerlo? – dijo María dolida por la aparente mala intención del comentario de su vecina.

-Mujer, me refiero a que si tu no te lo trajinas y él que es más apocado … pues así os va.

-¿Sabes qué te digo? que mejor tiro para la casa y dejamos esta conversación.

Y María pegó un portazo y salió disparada para su puerta, mientras Carmen desde el umbral intentaba remediar el daño:

-Llévate un trocito de tortilla de patatas para tu Rafael, Mari.

-No, gracias, ya le hago yo ahora un solomillo a la pimienta, a ver si con eso se anima -le respondía María con mucha retranca, lo que acababa provocando la risa de las dos, y era inevitable que empezaran a asomarse a sus puertas las vecinas.

Los días transcurrían entre plegarias al santo, besos furtivos al artista y chascarrillos con las mujeres del rellano.

Hasta que una tarde, a eso de las cuatro sonó el timbre del piso y Mari, que empezaba a sumirse en el dulce sueñecillo de la siesta, pegó un bote sobresaltada. No eran horas para molestar en una casa, pero pensó que sería cualquiera de las comadres en busca de un vasito de café y una puesta al día del último cotilleo escuchado en la tienda. Sin recomponerse siquiera, abrió la puerta y allí estaba: alto, vestido con traje y corbata, maletín en una mano y unas hojas sueltas en la otra a modo de propaganda publicitaria. Pero lo que provocó que María entrara en una especie de parálisis catatónica fueron sus ojos, entre celestes y verde mar, tirando incluso a transparentes.

El tipo entró inmediatamente al asunto y con voz dulce, aunque decidida, le preguntó:

-Buenas tardes, ¿conoces a Jesús?

No le quedó otra que pensar que por fin se había obrado el milagro.

Desde entonces, martes y jueves tenía una cita con Paul. Lo invitaba a pasar al comedor y se sentaban a charlar, no sin antes haber puesto bocabajo la foto del estante.

Y aunque realmente no se llamara Paul, sino Cristóbal, ella asumió que los caminos del Señor son inescrutables.

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La cita

‘Mujeres en un café’ (Edgard Degas, 1877)

Marina Díaz

Miró otra vez el reloj. El café ya estaba frío. El camarero llevaba un buen rato dando vueltas, aproximándose a la mesa, preguntándose si debía quitarlo, acercarle la cuenta o preguntar si todo estaba bien. Eran casi las doce y, pasada la hora punta, sólo quería tirarse en una de las sillas, quejarse en voz alta en el bar vacío y limpiar antes de que llegasen las reservas para los almuerzos. Mónica ni siquiera se daba cuenta de que estaba molestando. No era una cliente difícil, ni se consideraba maleducada. Siempre dejaba buenas propinas, sonreía a los chiquillos cada vez más jóvenes que atendían mesas y no les recriminaba una equivocación o espera. Aquel día, sin embargo, los nervios la dominaban. Llevaba desde las diez y treinta y seis sentada en aquella mesa. Llegó a las diez y cuarto, dedicó un vistazo al bar y decidió esperar, hasta que la mejor mesa quedase libre. No era especial a las demás. De hecho, era peor. Tenía una pata coja. Lo intentaron arreglar con bolas de papel, pero en el trajín de la mañana debió moverse y ahora, si se apoyaba, se torcía toda la mesa hacia la izquierda.

Quería esa mesa porque era la que daba a la ventana. Se veía a la perfección el portal al que llevaba atendiendo toda la mañana. Bloque diecinueve, primero B. Lo repitió tantas veces la noche anterior, temiendo que se le olvidara, que ya salía como una extraña oración y se repetía tres veces cada vez que volvía a pensarlo. Tenía una tarjeta, la consiguió a escondidas, aunque de pedirla le habrían dado un buen puñado. Ella lo prefería así, como un secreto. Miraba por la ventana, con tanta concentración que los ruidos del ambiente se desdibujaban, pese a los ruidosa que era esa calle. No escuchaba el tráfico, los niños llorando en los carritos, las madres hablando por teléfono, los ancianos arrastrando los pies… No escuchaba nada, excepto el telefonillo del edificio. Era imposible, sabía que era imposible, pero lo escuchaba en su cabeza, con una claridad ensordecedora. Tal vez era consecuencia de mirar con tanta fuerza.

Notaba los ojos secos, porque incluso se prohibía pestañear, atendiendo desde su puesto de vigilancia a todo el que pasaba por la calle. No dejaba de recibir visitas. Llegaban mujeres elegantes, con largas gabardinas y precioso pelo suelto. Llegaban chiquillas jóvenes, peinándose a prisas en el reflejo y atusándose la ropa antes de subir. Entraban ancianas, con manos temblorosas y bolsos aferrados con fuerza, que casi no podían ni moverse… ¡Hasta entraron hombres! “¿Ahora también atiendes a hombres?” Quiso preguntarle, aunque la indignación no salió de su cabeza, mientras se cruzaba de brazos en la silla y seguía mirando por la ventana, negando con decepción. “Bueno, los tiempos cambian.” Se decía para consolarse, asintiendo, despojándose del enfado, porque cómo iba a entrar allí enfadada, después de tanto tiempo. Hombres. Por qué no, que atendiera también a hombres. Era la mejor en su oficio, sólo había que fijarse en los rostros que salían, en la confianza renovada en el andar, en la satisfacción que los llenaba.

Se preguntaba cómo estaba. Si pensaba en ella. Incluso se preguntaba, temerosa, si al verla descubriría la infidelidad. Debía comprenderlo, ¿verdad? Necesitó poner distancia. Porque Javier ya sospechaba. Su marido hacía bromas nerviosas, a las que siempre les seguía un tenso silencio, como esperando que al fin lo confirmase. Su hija no sospechaba. Ella estaba segura. Alicia tenía claro que tenía un amante. Uno o dos. Porque no era normal ese entusiasmo. La acusó una tarde, cuando después de castigarla con el silencio al fin la enfrentó gritando y le dijo que lo sabía todo. Y le preguntó si ahora se divorciarían, y le dejó claro que si les estaba engañando no quería volver a verla. Debía comprender la desaparición. El silencio por más de un año, la traición con un completo desconocido a los seis meses.

Miró otra vez el reloj. Las doce menos cinco. No, ya estaban pasadas. Las doce menos cuatro. Se puso en pie con demasiada fuerza, haciendo bosar la taza de café y dando un susto al camarero, que fregaba el suelo cada vez más cerca de ella, esperando que captase el mensaje. Pidió disculpas nerviosa y tiró casi el dinero, saliendo disparada, temiendo llegar tarde. El abrigo era demasiado grueso. Los zapatos no combinaban con los pantalones. La blusa estaba arrugada. ¿Por qué quiso ponerse la más escotada? Cruzó la calle sin mirar, casi con la esperanza de que, si la atropellaban, al menos no debería enfrentarse a ese momento. Se miró en el reflejo de un escaparate. No, no. La ropa estaba bien. La excusaría al verla así, el punto justo entre el descuido y el desenfado. Se daría cuenta de que no la dejó porque encontró a alguien mejor, que no fue una cuestión de dinero.

No tenía a nadie. Estaba segura, porque llevaba un buen rato mirando, contando a las mujeres. Porque le horrorizaba pensar que al llegar estaría con otra. Aún peor, que antes de empezar con ella un hombre habría ocupado su sitio. La última mujer salió hacía unos diez minutos, ahora sólo la estaba esperando. Siempre fue cuidadosa con las citas, nunca colocó dos demasiado seguidas, justo para evitar las trifulcas, la incomodidad de la espera.

Ahora te está esperando.

El pulso se le aceleró. Dio un único timbrazo, firme, porque no había nada peor que mostrarse nerviosa frente a ella. ¿La recordaría? ¿La estaba esperando con una sonrisa en los labios, leyendo su nombre en la agenda y negando por los buenos recuerdos? ¿O no la recordaba y miraba la agenda sin prestarle atención, ya cansada de toda la mañana? Se peinó con una mano, se alisó la blusa para hacer más evidente el escote y afianzó con más fuerza el bolso al hombro. Subió por las escaleras, temiendo que tuviera la puerta abierta y la esperase en el umbral. No quería darle ventaja, no quería que pudiera mirarla por encima del hombro y bromear sobre si ya estaba cansada. Hacía más de un año de su último encuentro y quería ver primero los cambios, confirmar si el recuerdo la engañaba y si aquella mujer no era para tanto. Pensó, contando los peldaños, con las manos sudorosas y el corazón acelerándose, qué temas sacar, qué charla era la más adecuada, cuál esperaba. A esa hora, cansada de todo el día, qué no habría hecho y sobre qué no le habrían hablado.

La puerta estaba entreabierta y el suave olor del ambientador, tan dulce como recordaba, le dio la bienvenida antes que ella. Estaba tan guapa como siempre. Ahora tenía el pelo rubio y corto, con un gracioso flequillito que a nadie le quedaría bien, excepto a ella. Se giró para recibirla, con la bata ya en una de las manos y la amable sonrisa en el rostro. Fue directa a abrazarla, a dejarle un beso en la mejilla, que, si no viniera con la guardia alta y preparada para lo peor, le habría sacado un sollozo.

—¡Mónica, pero qué guapa estás! No me puedo creer que te haya aguantado tan bien el tinte, cariño. Si tiene el mismo tono que tu pelo.

Le tomó un mechón, para acariciarlo con esa ternura que tantísimo echó de menos.

—¿Qué va a ser esta vez, cielo?

Mónica sonrió, sintiendo que todo el peso se le esfumaba de los hombros. La recordaba. No estaba enfadada. Y le perdonaba la infidelidad, comprendía que debió disimular. O tal vez nunca llegara a comprenderlo. Pero a ella le gustaba así, siendo un secreto que nadie más comprendiera. Tomó aire antes de hablar, notaba ya las mejillas sonrojadas y las mariposas en el estómago.

—Lavar y cortar.

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El azar

Luis Arronte Ygartua

Álex siempre insistió en que le llamáramos Álex. Ni Alejandro ni Ale. Era un chico obstinado de unos 30 años mal llevados, con un portentoso fondo intelectual pero poca astucia. Muchos le conocíamos, sin embargo, por su apodo, “Trotsky”, que tampoco le disgustaba. Tenía el pelo rizado y desordenado, barba descuidada, gafas anticuadas, las manos pequeñas y los dedos siempre teñidos por el tabaco de liar. Si no parecía un esperpento era por la elegancia que le confería su considerable altura y ese abrigo de paño gris que le había regalado su padre cuando cumplió 20 años. Según explicaba, discutían mucho por sus diferencias ideológicas y se fue de casa. En los enormes bolsillos de ese abrigo siempre llevaba algún libro de poesía rusa que empleaba como arma de seducción cuando salíamos por la noche. “¿En serio no conoces a Anna Ajmátova? Déjame que te lea algo”, le decía a las chicas que le concedían diez minutos para hablar de sí mismo.

Es lo que más hacíamos durante esas noches, hablar. Hablar y fumar, porque era una época en la que aún se podía fumar dentro de los bares y así las noches se hacían más cortas. Literatura, música, cine y mucha, mucha política, con conocidos y con desconocidos. Fiel a su apodo, creía en una revolución permanente y en la destrucción del capitalismo mediante acciones individuales de menor o mayor calado. Todos podíamos aportar a la causa, según su opinión. Realmente quería que este asqueroso mundo occidental colapsara de una vez. Nadie debía salvarse, nadie estaba libre de pecado.

Además, Álex siempre tenía historias truculentas e inverosímiles. Juró que había evitado que una chica mexicana se suicidara tirándose por un balcón, que había estado en casa de un anciano que tenía huevos de serpiente en su nevera, que se había acostado con una huésped multimillonaria en el hotel donde trabajaba y ésta le había pedido un mechón de su pelo púbico. “Le dije que era una privilegiada loca y empezó a gritar”, me dijo aún asustado. Yo disfrutaba creyéndomelo todo. 

Perdió ese trabajo, por supuesto, como todos los demás. Lo curioso de este revolucionario era que decía que quería destruir el sistema desde dentro y eso le llevaba, vaya usted a saber por qué, a aceptar trabajos de baja cualificación en el epicentro del capitalismo. De poco le sirvió su licenciatura en Filosofía; como he comentado era intelectual, pero nada astuto. Cocinó hamburguesas en el McDonalds de la estación de trenes hasta que le pillaron metiendo en la comida mensajes sobre las horas extra que imponía la empresa. Le despidieron de El Corte Inglés porque informaba a los clientes sobre dónde podían encontrar el mismo producto más barato. Fue recogepelotas en el estadio de fútbol y se jugó la vida llamando “fascistas” a gritos a los hinchas del equipo local. ¿Por qué no buscaba un trabajo que se adaptara mejor a su visión del mundo? Sólo Trotsky lo sabía. 

Me contó su nuevo plan un viernes por la noche. Estaba realmente excitado. La empresa de trabajo temporal le había conseguido un puesto como vigilante dentro del nuevo salón de juegos de azar de la ciudad, el Cronos.

– No, ¿en serio, Álex? ¿El de la Avenida Galileo?

– Ese, tío. El que abrieron hace un mes, con esos cristales opacos y esas luces repugnantes. Esta vez lo voy a conseguir. 

– ¿Pero qué cojones dices para que te propongan para esos trabajos?

– Finjo que me da todo igual y que necesito el dinero, es fácil.

– Es que es verdad que necesitas el dinero.

– Sí, pero es mentira que me dé todo igual. 

Su intención era perpetrar un golpe y un atentado en el mismo día. Tras varias semanas realizando sus tareas con diligencia para conocer bien el Cronos por dentro generaría suficiente confianza en sus superiores para disponer de llave propia. Lo consiguió. Según me explicó más tarde tuvo que disimular hablando con ellos sobre “los putos progres que querían regular el juego de azar”, tuvo que celebrar los días de mayor recaudación como si el negocio fuera suyo y mintió diciendo que había trabajado durante dos años en un casino de Alicante. Descubrió una obviedad, que el domingo por la mañana era el momento más tranquilo y que hasta las 10 no llegaban los camareros para abrir. Contaba con todo lo necesario para poder entrar por detrás antes del amanecer y eludir las cámaras de seguridad, desconectar la electricidad del local, coger el dinero de la caja y, en una temeridad sin precedentes en la carrera antisistema de Álex, colocar una pequeña bomba casera en las tragaperras con cuenta atrás. Se llama “bomba de tubo”, hasta en la Wikipedia explican cómo se hace, aunque él contaba con instrucciones más detalladas en fanzines revolucionarios. Tenía pensado admirar el resultado de su plan desde un banco al otro lado de la avenida.

– Venga, tío, qué dices…

– ¡Que no pasa nada! A esa hora no hay nadie usándolas y están a veinte metros de la barra donde estarán los camareros, solo destrozaré las máquinas y tendrán que venir los bomberos, nada más. 

El domingo vi las noticias y le llamé por la tarde para que me contara qué factor disuasorio orquestado por el sistema capitalista opresor contra el que llevaba quince años luchando había frustrado su plan esta vez. En internet hablaban de un artefacto explosivo doméstico mal fabricado que no llegó a funcionar y del robo del dinero por parte de un encapuchado que había sido grabado por las cámaras de seguridad de edificios cercanos.

– No le habrás contado nada a nadie. 

– Tranquilo, Trotsky, no conozco a nadie que le interese este asunto. ¿Qué pasó?

– Estaba todo bien planeado, entré y quité la electricidad, no había mucho dinero, unos novecientos euros. Me dio tiempo a irme a casa a cambiarme y volver a sentarme en el banco de enfrente. Media hora más tarde vi a los camareros entrar. 

– ¿Y? 

– Y cinco minutos después vi entrar a mi padre. 

La bomba no funcionó, efectivamente, y su padre nunca supo que estuvo en peligro por culpa del hijo al que no veía desde que el juego se le fue de las manos. Cuando le vio entrar, me dijo, se levantó del banco y se fue. No quise preguntarle por qué no intentó evitar el posible desastre cuando vio que su propio padre podría ser víctima de su gran idea, no supe cómo preguntárselo. Sólo quise saber qué pensaba hacer con el dinero. “Iré a El Corte Inglés y me compraré el abrigo más caro que vendan”, me respondió. Y eso hizo.