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Prosa

El árbol

Isabel M. Ruiz

Era ella. Laura. No sabía qué estaba pasando, por qué se veía ahí fuera. Paseando como cada día. Era ella. Su cuerpo, su voz, su ropa. Y se estaba viendo, estaba ahí. Fuera de ella. ¿Se había vuelto loca? Se miraba a sí misma desde la distancia, como una mera espectadora de su vida. ¿Es que estaba soñando? Espera. Me ha mirado. Me he mirado. ¡Laura, estoy aquí! Soy tú. Pero si yo soy tú, ¿quién eres tú? ¿Quién hay en ti? Espera. Tengo que estar soñando. Seguro que estoy soñando. O no. Soy un árbol. 

La primera vez que Laura paseó por el parque tenía una semana de vida. No lo recuerda, claro, pero sus padres lo habían repetido hasta la saciedad cuando era pequeña para justificar la atracción que había desarrollado desde bien niña por aquel lugar. Allí la llevaban para aliviar los cólicos y el llanto ensordecedor que le provocaban y que sólo se atenuaba dando vueltas en círculos entre los pinos. Allí celebraron su primer -y único- cumpleaños entre guirnaldas y globos. Allí dio sus primeros paseos en soledad cuando empezaba a rozar la adolescencia. Quizá fue entonces cuando comenzó todo, cuando empezó a hacer de ese microcosmos su vida. Allí conoció el amor: en las parejas de ancianos que paseaban juntos de la mano consumiendo sus últimos días entre confidencias, en los primeros besos furtivos y en la pasión creciente de los jóvenes bajo las sombras de las encinas, entre aquellos que empezaban a conocerse en las tardes de primavera viendo frente al estanque el atardecer. Allí conoció el amor, el odio lo llevaba aprendido de casa. Quizá fue esto otro lo que llevó a Laura a convertir el parque en su refugio. En su vida. A querer ser un árbol. 

Todavía recuerda cuando en el colegio le hablaron de que eran «los pulmones del planeta». Ella, que necesitaba tanto el aire, que ansiaba respirar. Ese día salió corriendo de clase hacia el parque. Anduvo un rato buscando el árbol más grande y, con un atisbo de miedo, se acercó a su tronco. Clavó sus ojos en las hojas en busca del mínimo movimiento que diera cuenta de sus exhalaciones. Se acercó más. Posó su rostro en la corteza áspera y húmeda y buscó en el fondo del silencio las aristas de la nueva vida que acababa de descubrir. Ese día pasó horas abrazada al árbol, intentando acompasar los latidos de su corazón a los microsonidos que creía captar de lo más profundo del interior de aquel ser vivo que rodeaba. Hasta muchos años después, cuando empezó a deshojarse como los fresnos del parque, no empezó a tomar consciencia de que ese era el único abrazo que recordaba de su niñez. 

Y ahora estaba ahí, buscando sus manos, su pelo. Queriendo gritar que estaba volviéndose loca. Que estaba soñando. Que alguien la ayudara, por favor. Que se había convertido en un árbol. Quería llorar. ¿Los árboles lloran?

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