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Aristas e intersecciones

Evaristo Gutiérrez

Una gota de sudor había recorrido la frente de Valentín y se había desplazado hacia el lateral de la patilla derecha, alargada como la corbata azul que hacía de continuación del mentón y que combinaba de manera impecable con un traje estrecho de pantalones tobilleros. Sus manos, también sudadas y enrojecidas del roce y los continuos pellizcos que él mismo se infringía, lucían por contra un color pálido y blanquecino que llegaba a confundirse con la intensidad luminosa de toda la sala y su mobiliario.

Aquel día, que tanto había esperado, al fin se encontraba prestando declaración, intentando aclarar lo sucedido:

– ¿Recuerda qué ropa llevaba usted puesta el día del asunto en cuestión, señor Goldstein? – dijo la abogada con una mirada tan elegante como gélida.

– Como si hubiera sido ayer: unos vaqueros azules, de tono gastado, y un polo de mangas cortas de color mostaza – respondió Valentín con un leve gesto altivo, surgido al presumir de buena memoria.

– Por cierto, antes de continuar, ¿me dice qué perfume usa? Debo reconocerle que huele de maravilla – le sorprendió la abogada, que mostró por vez primera unos dientes cuidados y alineados como el mecanismo de un reloj suizo.

– Un perfume de Salvatore Ferragamo – respondió más la sonrisa de Valentín que él mismo.

“Señoría Número Dos, como Abogada Número Seis de la Fiscalía solicito incorporar una nueva prueba al Tribunal”, escuchó Valentín justo antes de sentir una congoja que trepaba por sus órganos, arañaba su piel por dentro, parecía desgarrar sus músculos y exhalaba un grito que intentaba salir por su boca mientras él luchaba por introducir algo de aire en sus pulmones. “Microfibras de color amostazado”, y un escalofrío recorrió su espina dorsal; “colorante azul bajo las uñas de la víctima”, y una tensión apretó sus músculos como el cordel de un corsé; “microgotas de perfume”, y sintió que la luz de la sala se apagaba y que un negro implacable lo envolvía todo.

No entendía cómo los acontecimientos habían podido llegar hasta aquel punto. Él salió tarde del trabajo para ayudar a un compañero a terminar el encargo que se le había resistido. Tras un rato de charla y cervezas para aliviar la tensión que ambos habían acumulado, bajó al parking, se subió al coche, no sin pensar que no lo había llevado aún al taller para arreglar el golpe que tenía desde hacía meses en la parte delantera, lo arrancó y comenzó el camino de vuelta a casa. Recordaba lo bien que se había sentido al escuchar y tararear la música soul que tanto le gustaba, usando sus manos como baquetas de una batería imaginaria y su cuello como el soporte de unas maracas invisibles. A mitad de camino, recibió la llamada de Sophie, su mujer, que le contaba algunos cotilleos de las amigas con quienes había tomado café. Con gestos de manos, con su cabeza sin parar de asentir, transcurrió un buen trozo del camino hasta que, en un tramo de la carretera poco iluminado, un coche cortaba el paso.

El Tesla 8 tenía una rueda vacía por completo y el color rojo de la carrocería se había desprendido en la parte delantera, que tras haber rozado con el asfalto terminó sumergida en el agua que anegaba la cuneta. Después de frenar y observar la escena, Valentín apenas alcanzó a oír unos lamentos, unos ligeros gritos al mismo volumen que los susurros con que los enamorados se hablan tras una noche íntima. Una mujer con la boca abierta en un intento de insuflar aire a sus pulmones y con una blusa gris agujereada y ensangrentada, apenas alcanzaba a abrir de manera perceptible su ojo izquierdo. Valentín retiró el cinturón de seguridad y, echándose sobre ella para afianzar la postura, consiguió sacarla del habitáculo y tumbarla en el asfalto. A continuación volvió a su coche y llamó con su móvil a los servicios de emergencias, que solo llegaron para certificar la muerte de Celia, el nombre que mucho después supo que tenía aquella chica joven.

Tras un receso de dos horas solicitado por su abogado, y tras repasar la narración y su estrategia, volvieron a la sala, que ahora parecía más blanca, más fría, más muerta. Dejó los papeles sobre la mesa blanca que les servía de cuartel general y subió al estrado, también blanco pero brillante como las perlas de una ostra.

– Me gustaría volver a contar mi versión, Señoría – dijo Valentín antes de volver a contar los hechos con un semblante serio en oposición a su camisa arrugada y sus manos nerviosas.

– ¿Promete usted que es toda la verdad tal y como ocurrió? – preguntó por vez primera el juez con una voz grave mientras acariciaba la placa plateada que mostraba el número dos.

– Así es, Señoría. Tal y como acabo de contar – remató un Valentín esperanzado.

– O sea, que confirma que usted estuvo allí – inquirió la abogada, cuyos labios finos y amoratados amagaban una sonrisa y que, observó, había cambiado de traje durante el receso.

– Sí, claro que estuve allí.

– Y confirma también que la chica estaba con vida cuando se encontró con usted.

– Sí, lo estaba. Lo estuvo hasta unos minutos antes de que los servicios de emergencias llegaran.

Resonó entonces en la sala el tacón del zapato negro que la abogada golpeó contra el suelo antes de dirigirse al juez. “Señoría, no creo que haya más que preguntar ni juzgar”, proclamó. “El acusado reconoce haber estado en la escena, reconoce que Celia se encontraba viva, reconoce que la ropa que llevaba coincide con la que se encontró sobre el cadáver y reconoce que la vio morir”, recopiló. “Todo esto hay que sumarlo al hecho de que su coche presentaba un golpe en la parte delantera”, remató. El juez, con un gesto tan inerte como una piedra milenaria sobre la que el viento no parece hacer mella, asintió y tecleó la sentencia en el ordenador: “Culpable. Debe cumplir quince años de cárcel por homicidio y otros cinco años por falta de reconocimiento de los hechos”.

Valentín, con los ojos llenos de lágrimas y desolado, con todo su cuerpo desplomado, miraba a su abogado con gesto de incomprensión. ¿Estas son las consecuencias de la verdad y la honestidad, de parar e intentar auxiliar a un igual?, pensaba. El abogado, incómodo y con la mandíbula expresando rabia, le recordó la primera conversación que tuvieron. Los nuevos juzgados, con jueces y abogados robóticos, solo valoraban los hechos, sin la menor interpretación. Los algoritmos recorrían el código penal a una velocidad de vértigo y marcaban aquello cuanto se incumplía en el caso. Y nada más.

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