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Fuera de juego

Nacho Artacho

—Y hágame caso: tómese tres o cuatro pastillitas de valeriana, que no le van a hacer daño.

Había echado el bote en la maleta por no tener que escuchar a su mujer, que si es médico será por algo, Juan, que el título no se lo han dado en una tómbola, Juan, que luego te agarras uno de esos cabreos con el árbitro y te vuelve a pasar lo de Tarazona, Juan.

Había sido en la temporada 72-73. Después de un año de lo más accidentado (accidentes que iban desde la huelga de los jugadores por el impago de nóminas hasta un intento de soborno al colegiado extremeño Gutiérrez Pacheco), el equipo llegaba a la última jornada con opciones matemáticas de subir a Segunda B. Juan Larrea lo había acompañado en todos los desplazamientos del curso, pero una bronquitis de mal pronóstico lo obligaba a seguir el partido desde casa a través de la emisora de radio local. Corría el minuto 87 cuando Evaristo Uranga —un extremo prescindible que poco después se vería involucrado en un escándalo de apuestas clandestinas— saltó sobre los defensas rivales y cabeceó a las mallas un balón que caía lento y fofo desde la altura. Lo último que escuchó Juan Larrea antes de desplomarse fue la voz enfebrecida del locutor, que en el delirio se arrancaba con la primera estrofa del centenario himno del club. Lo siguiente fue abrir los ojos y ver el ramo de flores amarillas. Y oler aquel rastro de yodo y de tristeza en el aire.

—A partir de ahora se va a tener que tomar el fútbol menos a pecho, señor Larrea. Nunca mejor dicho.

Y detrás del médico, la cara asargentada de Teresa, yo ya te lo había avisado, Juan, si es que te me pones como un energúmeno por la mierda de la pelotita, Juan, que si al menos nos diesen dinero cada vez que ganasen, lo entendería, Juan, pero que no nos lo dan, qué más quisiéramos, que a ti te sigue quedando la misma miseria de pensión, Juan.

Por eso la valeriana. La valeriana y la farragosa cumbre diplomática en la que había conseguido convencer a Teresa para que lo dejase ir a Roma. Había tenido que prometerle, eso sí, que intentaría colocarse cerca de los servicios de la Cruz Roja y que volvería al autocar en cuanto se entregase la copa, nada de quedarse lloriqueando por ahí y nada de bañarse en pelotas de fuente en fuente, que nos conocemos.

El botecito iba perfectamente embutido entre la muda de calzoncillos limpios y la foto en blanco y negro del abuelo Tomás. De su mano había conocido el antiguo campo de tierra de la Ribera; y a Matías II y a Muguruza, que corrían la banda con las medias bajadas y de quienes se decía eran capaces de cubrir la distancia entre áreas en menos tiempo del que tardaría en hacerlo un hombre a caballo; y el olor a linimento y a churros mezclándose gradas arriba; y la pizarra interminable en la que el Cojo iba anotando el tanteo y en la que nunca le dejaba escribir.

Fueron éstas y otras nostalgias las que consiguieron que las quince horas de autobús le pareciesen soportables. Atravesaban Irún cuando logró por fin dar una cabezada, pero despertó a los pocos minutos aturdido por un mal sueño que interpretó como augurio desgraciado. En el tiempo de descuento, un defensa del Inter se colgaba del aire como un helicóptero y allí permanecía durante unos segundos —que a él se le antojaban inacabables— hasta que finalmente remataba de cabeza. El balón, camino de la red, estallaba y dejaba salir una nube de mariposas negras que revoloteaban por el área y se detenían en las cabezas de los jugadores. No volvió a pegar ojo en toda la noche.

Las primeras luces del día lo sorprendieron ya en las afueras de Roma. Dedujo entonces que todas las ciudades son la misma ciudad cuando se trata de la periferia: las mismas vías oxidadas y cruzando barrios a medio terminar, las mismas bragas tendidas al sol de la tarde, las mismas pintadas con faltas de ortografía y los mismos yonquis desbaratados haciendo corro en las aceras.

Enfilaba el autocar la Via Nazionale y Juan Larrea distinguió las primeras manchas azules. Al principio eran apenas cuatro o cinco puntos salpicados entre los paseantes  cotidianos,  un  puñado  de  cabecitas  de alfiler. Pero, conforme se acercaban al estadio, por las aceras se multiplicaban las bufandas y las trompetas, las fraternidades creadas por el vino, los cánticos desafinados y las promesas en caso de victoria que nunca se cumplirían. Le subió garganta arriba una bola intragable que reconoció de inmediato: lo mismo que el día que nació mi Paco, lo mismito. Esta vez no reprimió las ganas de llorar. Casi instintivamente, se agachó a por la maleta. La abrió de forma tan atolondrada que el tarro de valeriana acabó rodando hasta los primeros asientos, a la mierda, tampoco me la iba a tomar. Sacó la foto del abuelo, le estampó un beso que algo tenía de religioso y la plantó en el cristal de la ventanilla, ahí lo tienes, tú también lo vas a ver, que para algo te chupaste todas las temporadas en Tercera. Fue así cómo Tomás Capitán, que en sus noventa y tres años de vida no salió nunca del pueblo en el que había nacido y donde hacía las veces de cartero, conoció Roma.

Al ir a guardar la fotografía, Juan Larrea vio parpadear la luz del teléfono móvil al fondo de la maleta. Para cuando lo alcanzó, el zumbido había parado ya. Y es entonces que comprueba la pantalla y encuentra las veintisiete llamadas perdidas de la mujer. Y en ese momento lo sabe. No necesita hablar con ella ni registrarse los bolsillos interiores de la chaqueta para confirmarlo. Cierra los ojos y se deja caer en el asiento, y la imagen del balón estallando camino de la red y dejando escapar una nube negra le llena la cabeza. Una y otra vez el cuero se abre y las mariposas se le plantan en los párpados y se le cuelan en la boca, se chocan sin remedio y sin descanso contra las ventanillas, esquivan los manotazos de los pasajeros, hacen imposible la luz romana. Y en la negrura, enmarcada por el revoloteo incesante, distingue a Teresa, que como loca va y viene y vuelve a ir y venir por la casa, pero cómo se te ocurre, Juan, que ahora se mete en la cocina a amasar croquetas para no pensarlo, por el amor de Dios, Juan, que se asoma al balcón y se enciende el primer cigarro en cinco años, es que es para mear y no echar gota, Juan, y que de cuando en cuando no puede evitar mirar de reojo la entrada olvidada sobre el aparador.

Una respuesta a «Fuera de juego»

Un relato muy fresco, donde me gusta cómo se dibuja la relación Teresa-Juan Larrea (un guiño, este nombre?), también las descripciones, como » se colgaba en el aire como un helicóptero, o las impresiones, que yo también he sentido, («todas las ciudades son la misma ciudad cuando se trata de la periferia «).
Por último, esa sensación del final del sueño dentro del sueño, dándole a «sueño» varias acepciones.
No conocía al autor, pero me lo apunto 😉

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