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Prosa

Difusa línea del tiempo

Rubén Bueno

Y es entonces cuando la anciana toma uno de los rotuladores sobre la mesa y, no sin dificultad, comienza a escribir con su mano temblorosa. Una montaña picuda, una línea horizontal. Arriba, abajo, arriba. La lengua le asoma por entre sus dientes. Trata de acompasar cada uno de sus trazos, alentando a las palabras que se resisten a ver la luz, como si necesitasen también del oxígeno que la alimenta a través de la sonda nasal. 

– ¡Mira, mamá! ¡La abuela está escribiendo! -exclama el niño a su lado. 

Aparece entonces la madre, con el trapo entre sus manos, el olor del puchero en su ropa.

– Descanse, madre -sentencia, arrebatándole el papel a la anciana-. En su estado, no debería hacer sobreesfuerzos. 

La anciana mira entonces a su nieto, derrotada. En sus ojos se entremezclan la rabia, la pena y la frustración. Trata de comunicarle algo a su nieto, pero el niño, incapaz de entender la mirada de los adultos, se limita a sonreírle. No tardará el tiempo en borrarle todos sus recuerdos. Incluido este: el niño coge el rotulador que su abuela ha dejado sobre la mesa y, sin ningún esfuerzo, dibuja a una anciana en silla de ruedas. 

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