Categorías
Prosa

La gata y el roedor

DC COMICS

Gregory Filograna

–Ha sido estúpido lo que has hecho, Bruce, completamente estúpido. 

Selina le miraba de reojo al tiempo que no perdía detalle de lo que acontecía en la calle. Se encontraban en el primer piso de un edificio abandonado en pleno corazón de los Narrows. La mayoría de sus vecinos y okupas lo fueron abandonando paulatinamente conforme los esbirros de Salvatore Maroni comenzaron con sus tácticas de extorsión. Con algunos, los primeros, empleaban ofertas muy por debajo del precio del mercado conscientes de la extrema peligrosidad de la zona. Con los segundos no eran tan considerados: amenazas y palizas estaban a la orden del día, y eran francamente útiles para que los propietarios reconsiderasen las ofertas de cara a prevenir que en siguientes ocasiones correr idéntica suerte. 

Sucedió, para desgracia de todos, que Maroni se encontró con un conflicto territorial con el otro gran capo de Gotham, Carmine Falcone, cuyos métodos no eran precisamente mejores. Con mayores contactos políticos y dentro de la policía de Gotham no iba a permitir bajo ningún concepto que Maroni aumentara tan significativamente sus infraestructuras y le arrebatara terreno en sus negocios, y la noche de un 25 de septiembre se declaró un incendió en el inmueble en el que murieron seis personas y cuyo informe policial tenía tantas lagunas que denotaba que el asunto no fue investigado a fondo y con el tiempo el asunto se olvidó. Y allí se encontraban Selina y Bruce, ella pendiente de que nadie les buscara y él calentándose las manos en un bidón metálico que ella previamente había llenado de cartones y material inflamable para encender un fuego que calentara a los dos, y eso no era un asunto menor: hacía frío. Hacía unos veinticinco años que en Gotham no hacía tanto frío.

– ¿Cómo sabes mi nombre? –respondió Bruce tras pensarlo unos minutos mientras se calentaba y se tocaba la mano dolorida. 

–¿Bromeas? Todo el mundo en Gotham sabe quién es Bruce Wayne y si no eres consciente de eso se convierte lo que has hecho en algo todavía más estúpido. 

–Gracias –dijo Bruce con una sonrisa torcida–, ya me enteré antes de lo que piensas de mí. 

Selina le sonrió divertida y al instante se volvió de nuevo hacia la calle, había creído ver a alguien aunque finalmente fue una falsa alarma. Bruce se dio cuenta de su descortesía y se acercó a ella, que le miró inquisitiva. 

–Creo que no hemos empezado con buen pie –se disculpó Bruce ofreciéndole la mano–. Permíteme que me presente: como bien has dicho, soy Bruce Wayne, encantado de conocerte, y permíteme también darte las gracias: técnicamente me has salvado la vida –Bruce se sintió muy tonto al decir esto último, aunque ya era tarde. 

–¿Técnicamente? –dijo Selina arqueando una ceja mientras tomaba su mano y notaba el dolor en la cara de Bruce. En fondo estaba encantada, hacía años que nadie era tan educado y cortés con ella–. Yo soy Selina Kyle y sí, te he salvado ese bonito culo. Hay que estar mal de la cabeza para caminar solo por los Narrows una noche como esta y meterse en una pelea con Los Cobras. Podían haberte matado. Y vuelve al fuego, esa mano parece que la tienes lastimada. 

Bruce le hizo caso y volvió al fuego. Efectivamente tenía la mano lastimada, le había propinado un buen puñetazo a la aguileña nariz de ese malnacido de Jack Napier, aunque éste le dejó un buen moratón en el ojo. 

–Pues ese capullo te llamó Cat –dijo de repente pensando en voz alta. 

–Ese capullo es Jack Napier, su pandilla trabaja para Victor Zsasz y ambos están mal de la cabeza. Y desde esta noche la tuya y la mía tienen precio, conviene que lo sepas. 

–No me importa –dijo Bruce tranquilamente. 

–¿Cómo que no te importa? –preguntó ella con perplejidad. 

–No, no me importa. Y parece evidente que a ti tampoco ¿Por qué otro motivo me ayudarías entonces? 

–Odio los linchamientos. Eran cinco contra uno y hubieras acabado muerto o algo peor. De haber sido uno solo tal vez no hubiera intervenido. Y de no haber habido nadie seguramente te habría robado yo. Esa chaqueta y el reloj valen un buen dinero. Podían haberte matado, Bruce. Es estúpido morir por un reloj. Tienes toda la vida por  delante. ¿No te das cuenta que hoy has podido morir dos veces? No sé como el hombre que disparó a tus padres no hizo lo mismo contigo –Selina se dio cuenta demasiado tarde. No debió mencionar a sus padres. Los ojos de Bruce relampaguearon durante un momento pero las lágrimas que recorrieron sus mejillas los apagaron instantáneamente. No, Bruce no hubiera permitido que nadie le robara ese reloj. Era su primer reloj y recordaba la ilusión con la que lo recibió el día de su cumpleaños. Valía una fortuna, pero Bruce no lo valoraba por eso. Recordaba con cariño ese cumpleaños lleno de amigos y la alegría de sus padres al contemplar su sonrisa al abrir el paquete que lo tenía dentro. Ese reloj representaba lo mejor de su vida. Eran los severos aunque cariñosos reproches de su mayordomo Alfred cuando salía corriendo de casa sin tomar su desayuno. Era la voz tranquilizadora de Thomas Wayne cuando le rescató de su caída en la cueva de la mansión en la que su trauma con los murciélagos le acompañaría toda su vida. Y también era la sonrisa de Martha Wayne cuando les deleitaba a todos con sus recitales de piano en el salón principal de la mansión Wayne. Sí, el reloj era la sonrisa de su madre. Y no volvería a verla nunca. Y a su padre tampoco. 

WARNER BROS

–No tengo toda la vida, Selina. No tengo nada –dijo Bruce con la mirada perdida. Entonces Selina lo entendió. 

–¿Has venido a matarle a él? –preguntó aterrada. 

–Sí. 

–¡Bruce! ¿Estás loco? ¡Si no te mató es porque no quiso! ¿Cómo se te puede pasar algo así por la cabeza? ¡Si te siente cerca te matará! –dijo acercándose a él temerosamente. 

–¿Acaso sabes quién es? –preguntó Wayne sorprendido y fuera de sí–. Si lo sabes, dímelo. ¡Dímelo, por favor! –la sujetó por los brazos y la zarandeó ligeramente. 

–Bruce por favor, suéltame…¡Me haces daño! –no era verdad, hubiera podido derribarle de un cabezazo en la nariz o con una simple llave, pero lo cierto es que estaba perpleja, sorprendida. No, era más que eso. Estaba conmovida. Aún consciente de que el de Bruce era un deseo suicida, de repente admiró su determinación. Le pareció un chico muy valiente. Más que ninguno que hubiera conocido antes en un barrio tan peligroso como era Narrows. 

–¡Lo siento Selina, lo siento! –Wayne la soltó y se dio la vuelta mientras sollozaba en silencio. Ella le miró fijamente un instante, se acercó y puso una mano en su hombro acariciándolo ligeramente intentando reconfortarlo. 

–No importa, yo en tu lugar habría hecho lo mismo –dijo esbozando una sonrisa. Bruce agradeció el gesto y cogió su mano. 

–Selina…¿Seguro que estás bien? Estás temblando…ven, quédate en el fuego, no va a ser solo para mí –se quitó la chaqueta e intentó ponérsela sobre los hombros. 

– ¡No! –dijo ella, alejándose de nuevo hacia la columna y haciendo como que vigilaba de nuevo si venían intrusos–. Estoy bien, Bruce. Me he criado en estas calles. Es el clima propio de los Narrows. Déjate la chaqueta puesta, te hace más falta a ti que a mi –concluyó mientras se sentaba en la columna abrazando sus piernas, aunque esta vez era a la calle lo que miraba de reojo: no dejaba de mirarle a él. 

–¿Selina? 

–¿Sí? 

–Muchas gracias, por todo. ¿Puedo llamarte Cat? 

–Si te hace ilusión… –respondió esbozando una amplia sonrisa escondida tras unas rodillas que coronaban sus largas piernas. Desde esa posición Bruce la observó con atención. Definitivamente era casi tan alta como él, espigada y esbelta, hasta el punto que podría casi ocultarse tras una sola de sus piernas como a ratos parecía hacer mientras las acariciaba como intentando entrar en calor. No podría tener mejor vigía. No perdía atención, era al mismo tiempo una francotiradora parapetada defendiendo una fortaleza asediada y a la par una gata acechando paciente su presa, un pajarillo o un ratón. Y Bruce se sentía un roedor. 

Selina no había dicho toda la verdad. Sí que tenía frío, no en vano fue el día más frío en los últimos veinticinco años pero ya se había mostrado demasiado vulnerable con Bruce por esa noche. No podía permitírselo. A sus diez años llevaba cuatro viviendo en las calles y cinco sola desde que murió su padre. Su madre había muerto al dar a luz y su padre era la única familia que tenía en el mundo. Un año tardó en escapar del orfanato. Preferiría estar muerta antes que volver a un sitio así. Cuando tenía ocasión, se escondía debajo de las ventanas de la academia de ballet viendo como bailaban las niñas y eso le alegraba el corazón. Era a la academia a la que decidió llevarla su padre cuando de muy pequeña se dio cuenta de su agilidad y elasticidad. Un don que la permitió hasta entonces defenderse. Un don que la permitió sobrevivir en los Narrows, a no pocas peleas y a no pocas huidas como esa misma noche. Y un don que le permitió disfrutar de la magia del ballet. «Mi bailarina gatita» como decía su padre. Su padre fue el primero en llamarla Cat. 

No se dio cuenta, pero se había quedado profundamente dormida. Y fue extraño, pues tras una noche tan gélida no amaneció tan entumecida como hubiera sido lo normal. De hecho, sintió algo extraño y abrió los ojos ligeramente sobresaltada. Bruce ya no estaba allí. Aprovechó para irse cuando se quedó dormida. Había vuelto a la mansión Wayne y se llevaría una buena regañina por el disgusto al pobre Alfred tras apearse de la limusina en marcha en busca de venganza tras la larga noche en comisaría. Al intentar incorporarse entendió el motivo por el cual no tenía frío: Bruce le había puesto su chaqueta por encima. Abrigaba mucho y era muy agradable al tacto. 

–Gracias Bruce –pensó en voz alta–. Nos vemos pronto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.