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El Cautivo y Paul Newman

Foto: Juanma Sánchez / Cofradía de Jesús Cautivo.

Lola Gómez

En el viejo aparador de la casa, que cada año pintaba de color blanco y turquesa, colocaba María a modo de trofeos los restos de un escaso ajuar de soltera, en parte mutilado de tanta guerra a la que asistió. Tacitas coloridas mostraban sus redondeces. Diminutos vasitos se alineaban en batallón. Elegantes botellas estiraban sus cuellos de cisne, y alguna loza cartujana hacía equilibrio en una esquina, como si de un centinela acechante se tratara.

También convivían armoniosamente souvenirs venidos de muy lejos, que ella pedía con insistencia a toda vecina del rellano que tuviera la suerte de viajar aunque fuese a los pueblos de alrededor. Así logró reunir en los estantes el Tajo de Ronda, la plaza de toros de Antequera, el Balcón de Europa de Nerja y el que más apreciaba, una torre Eiffel en miniatura que Carmen la del B le trajo cuando tuvo que ir a recoger los huesos del abuelo, exiliado durante la guerra, al que su padre le hizo prometer que algún día traería a que descansara para siempre en el cementerio de Comares.

Aquel regalo, además de todas las ensoñaciones que en María despertaba, tenía un grandísimo valor para ella, pues fue la única vez que no se atrevió a pedirlo por tratarse de un asunto funerario. Claro es que Carmen, conociendo la afición de su vecina, no quiso cruzar los Pirineos de vuelta sin echar en la maleta un testimonio de su paso por tierras francesas, aunque nunca llegara a París y lo comprara en la última gasolinera de Francia, donde su Manolo paró a llenar el tanque del 850.

En medio de esa cacharrería, erguidos sobre algún plato que hacía de pedestal, una estampa de El Cautivo (por el origen trinitario de la familia) y una foto de Paul Newman hacían del aparador un altar entre lo divino y lo humano, donde María exhalaba los más profundos suspiros, sin que el simple de su marido sospechara cuál era el destinatario real de su lamento.

Cada mañana aprovechando la ronda de limpieza cotidiana, hacía parada obligatoria ante las baldas y, mientras pasaba el pañillo para quitar el polvo, le hablaba con mucha guasa a los retratos:

-Señor, parece mentira que no me concedas lo que te pido. No sé ya qué hacer contigo, te lo digo de verdad. Aburridita me tienes – le decía en tono de desesperación

-Paul, ten paciencia. Mañana le pondré una velita, a ver si se anima a ayudarnos

Y tomaba entre sus manos la fotografía y le besaba los labios, cerrando lánguidamente los ojos como había visto en las películas de Hollywood. Después le daba con el trapillo para borrar cualquier rastro de aquel exceso. Y para calmar su leve sentimiento de culpa, tomaba también la postal de El Cautivo y le besaba la frente.

-No te me pongas celoso, Jesús mío. De sobra sabes que tu sitio no lo ocupa nadie -le murmuraba con su salero andaluz, para continuar con sus rogativas insistentes-, pero hazme el favor de echarme un poquito de cuenta, o voy a tener que cambiarte por el Cristo de Medinaceli.

Algunas tardes se sentaba con Carmen a hacer punto, pero nunca se atrevió a confesarle lo que ansiaba alcanzar con la intervención divina. Ella no iba a entenderla. En realidad Carmen era feliz con la vida que tenía, y casi siempre le recriminaba que no fuese más dispuesta con su marido:

-Mari, hay que ver qué poco cariñosa eres con tu Rafael. El domingo, cuando te dije que os vinierais con mi Manolo y conmigo a tomar una cervecita, te pusiste muy antipática porque dijo que estaba cansado. Y es que es normal. Está hartito de trabajar toda la semana, pues llega un domingo y no tiene ganas de moverse.

-Mira, Carmen, si tu Manolo fuera un triste ya me contarías cómo te iría la vida. Lo que pasa es que has tenido mucha suerte, que te ha tocado un nombre que está a lo que tu digas.

-Bueno, eso será también porque yo sé llevarlo.

-¿Quieres decir que yo no sé hacerlo? – dijo María dolida por la aparente mala intención del comentario de su vecina.

-Mujer, me refiero a que si tu no te lo trajinas y él que es más apocado … pues así os va.

-¿Sabes qué te digo? que mejor tiro para la casa y dejamos esta conversación.

Y María pegó un portazo y salió disparada para su puerta, mientras Carmen desde el umbral intentaba remediar el daño:

-Llévate un trocito de tortilla de patatas para tu Rafael, Mari.

-No, gracias, ya le hago yo ahora un solomillo a la pimienta, a ver si con eso se anima -le respondía María con mucha retranca, lo que acababa provocando la risa de las dos, y era inevitable que empezaran a asomarse a sus puertas las vecinas.

Los días transcurrían entre plegarias al santo, besos furtivos al artista y chascarrillos con las mujeres del rellano.

Hasta que una tarde, a eso de las cuatro sonó el timbre del piso y Mari, que empezaba a sumirse en el dulce sueñecillo de la siesta, pegó un bote sobresaltada. No eran horas para molestar en una casa, pero pensó que sería cualquiera de las comadres en busca de un vasito de café y una puesta al día del último cotilleo escuchado en la tienda. Sin recomponerse siquiera, abrió la puerta y allí estaba: alto, vestido con traje y corbata, maletín en una mano y unas hojas sueltas en la otra a modo de propaganda publicitaria. Pero lo que provocó que María entrara en una especie de parálisis catatónica fueron sus ojos, entre celestes y verde mar, tirando incluso a transparentes.

El tipo entró inmediatamente al asunto y con voz dulce, aunque decidida, le preguntó:

-Buenas tardes, ¿conoces a Jesús?

No le quedó otra que pensar que por fin se había obrado el milagro.

Desde entonces, martes y jueves tenía una cita con Paul. Lo invitaba a pasar al comedor y se sentaban a charlar, no sin antes haber puesto bocabajo la foto del estante.

Y aunque realmente no se llamara Paul, sino Cristóbal, ella asumió que los caminos del Señor son inescrutables.

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