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Prosa

La cita

‘Mujeres en un café’ (Edgard Degas, 1877)

Marina Díaz

Miró otra vez el reloj. El café ya estaba frío. El camarero llevaba un buen rato dando vueltas, aproximándose a la mesa, preguntándose si debía quitarlo, acercarle la cuenta o preguntar si todo estaba bien. Eran casi las doce y, pasada la hora punta, sólo quería tirarse en una de las sillas, quejarse en voz alta en el bar vacío y limpiar antes de que llegasen las reservas para los almuerzos. Mónica ni siquiera se daba cuenta de que estaba molestando. No era una cliente difícil, ni se consideraba maleducada. Siempre dejaba buenas propinas, sonreía a los chiquillos cada vez más jóvenes que atendían mesas y no les recriminaba una equivocación o espera. Aquel día, sin embargo, los nervios la dominaban. Llevaba desde las diez y treinta y seis sentada en aquella mesa. Llegó a las diez y cuarto, dedicó un vistazo al bar y decidió esperar, hasta que la mejor mesa quedase libre. No era especial a las demás. De hecho, era peor. Tenía una pata coja. Lo intentaron arreglar con bolas de papel, pero en el trajín de la mañana debió moverse y ahora, si se apoyaba, se torcía toda la mesa hacia la izquierda.

Quería esa mesa porque era la que daba a la ventana. Se veía a la perfección el portal al que llevaba atendiendo toda la mañana. Bloque diecinueve, primero B. Lo repitió tantas veces la noche anterior, temiendo que se le olvidara, que ya salía como una extraña oración y se repetía tres veces cada vez que volvía a pensarlo. Tenía una tarjeta, la consiguió a escondidas, aunque de pedirla le habrían dado un buen puñado. Ella lo prefería así, como un secreto. Miraba por la ventana, con tanta concentración que los ruidos del ambiente se desdibujaban, pese a los ruidosa que era esa calle. No escuchaba el tráfico, los niños llorando en los carritos, las madres hablando por teléfono, los ancianos arrastrando los pies… No escuchaba nada, excepto el telefonillo del edificio. Era imposible, sabía que era imposible, pero lo escuchaba en su cabeza, con una claridad ensordecedora. Tal vez era consecuencia de mirar con tanta fuerza.

Notaba los ojos secos, porque incluso se prohibía pestañear, atendiendo desde su puesto de vigilancia a todo el que pasaba por la calle. No dejaba de recibir visitas. Llegaban mujeres elegantes, con largas gabardinas y precioso pelo suelto. Llegaban chiquillas jóvenes, peinándose a prisas en el reflejo y atusándose la ropa antes de subir. Entraban ancianas, con manos temblorosas y bolsos aferrados con fuerza, que casi no podían ni moverse… ¡Hasta entraron hombres! “¿Ahora también atiendes a hombres?” Quiso preguntarle, aunque la indignación no salió de su cabeza, mientras se cruzaba de brazos en la silla y seguía mirando por la ventana, negando con decepción. “Bueno, los tiempos cambian.” Se decía para consolarse, asintiendo, despojándose del enfado, porque cómo iba a entrar allí enfadada, después de tanto tiempo. Hombres. Por qué no, que atendiera también a hombres. Era la mejor en su oficio, sólo había que fijarse en los rostros que salían, en la confianza renovada en el andar, en la satisfacción que los llenaba.

Se preguntaba cómo estaba. Si pensaba en ella. Incluso se preguntaba, temerosa, si al verla descubriría la infidelidad. Debía comprenderlo, ¿verdad? Necesitó poner distancia. Porque Javier ya sospechaba. Su marido hacía bromas nerviosas, a las que siempre les seguía un tenso silencio, como esperando que al fin lo confirmase. Su hija no sospechaba. Ella estaba segura. Alicia tenía claro que tenía un amante. Uno o dos. Porque no era normal ese entusiasmo. La acusó una tarde, cuando después de castigarla con el silencio al fin la enfrentó gritando y le dijo que lo sabía todo. Y le preguntó si ahora se divorciarían, y le dejó claro que si les estaba engañando no quería volver a verla. Debía comprender la desaparición. El silencio por más de un año, la traición con un completo desconocido a los seis meses.

Miró otra vez el reloj. Las doce menos cinco. No, ya estaban pasadas. Las doce menos cuatro. Se puso en pie con demasiada fuerza, haciendo bosar la taza de café y dando un susto al camarero, que fregaba el suelo cada vez más cerca de ella, esperando que captase el mensaje. Pidió disculpas nerviosa y tiró casi el dinero, saliendo disparada, temiendo llegar tarde. El abrigo era demasiado grueso. Los zapatos no combinaban con los pantalones. La blusa estaba arrugada. ¿Por qué quiso ponerse la más escotada? Cruzó la calle sin mirar, casi con la esperanza de que, si la atropellaban, al menos no debería enfrentarse a ese momento. Se miró en el reflejo de un escaparate. No, no. La ropa estaba bien. La excusaría al verla así, el punto justo entre el descuido y el desenfado. Se daría cuenta de que no la dejó porque encontró a alguien mejor, que no fue una cuestión de dinero.

No tenía a nadie. Estaba segura, porque llevaba un buen rato mirando, contando a las mujeres. Porque le horrorizaba pensar que al llegar estaría con otra. Aún peor, que antes de empezar con ella un hombre habría ocupado su sitio. La última mujer salió hacía unos diez minutos, ahora sólo la estaba esperando. Siempre fue cuidadosa con las citas, nunca colocó dos demasiado seguidas, justo para evitar las trifulcas, la incomodidad de la espera.

Ahora te está esperando.

El pulso se le aceleró. Dio un único timbrazo, firme, porque no había nada peor que mostrarse nerviosa frente a ella. ¿La recordaría? ¿La estaba esperando con una sonrisa en los labios, leyendo su nombre en la agenda y negando por los buenos recuerdos? ¿O no la recordaba y miraba la agenda sin prestarle atención, ya cansada de toda la mañana? Se peinó con una mano, se alisó la blusa para hacer más evidente el escote y afianzó con más fuerza el bolso al hombro. Subió por las escaleras, temiendo que tuviera la puerta abierta y la esperase en el umbral. No quería darle ventaja, no quería que pudiera mirarla por encima del hombro y bromear sobre si ya estaba cansada. Hacía más de un año de su último encuentro y quería ver primero los cambios, confirmar si el recuerdo la engañaba y si aquella mujer no era para tanto. Pensó, contando los peldaños, con las manos sudorosas y el corazón acelerándose, qué temas sacar, qué charla era la más adecuada, cuál esperaba. A esa hora, cansada de todo el día, qué no habría hecho y sobre qué no le habrían hablado.

La puerta estaba entreabierta y el suave olor del ambientador, tan dulce como recordaba, le dio la bienvenida antes que ella. Estaba tan guapa como siempre. Ahora tenía el pelo rubio y corto, con un gracioso flequillito que a nadie le quedaría bien, excepto a ella. Se giró para recibirla, con la bata ya en una de las manos y la amable sonrisa en el rostro. Fue directa a abrazarla, a dejarle un beso en la mejilla, que, si no viniera con la guardia alta y preparada para lo peor, le habría sacado un sollozo.

—¡Mónica, pero qué guapa estás! No me puedo creer que te haya aguantado tan bien el tinte, cariño. Si tiene el mismo tono que tu pelo.

Le tomó un mechón, para acariciarlo con esa ternura que tantísimo echó de menos.

—¿Qué va a ser esta vez, cielo?

Mónica sonrió, sintiendo que todo el peso se le esfumaba de los hombros. La recordaba. No estaba enfadada. Y le perdonaba la infidelidad, comprendía que debió disimular. O tal vez nunca llegara a comprenderlo. Pero a ella le gustaba así, siendo un secreto que nadie más comprendiera. Tomó aire antes de hablar, notaba ya las mejillas sonrojadas y las mariposas en el estómago.

—Lavar y cortar.

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