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Prosa

El azar

Luis Arronte Ygartua

Álex siempre insistió en que le llamáramos Álex. Ni Alejandro ni Ale. Era un chico obstinado de unos 30 años mal llevados, con un portentoso fondo intelectual pero poca astucia. Muchos le conocíamos, sin embargo, por su apodo, “Trotsky”, que tampoco le disgustaba. Tenía el pelo rizado y desordenado, barba descuidada, gafas anticuadas, las manos pequeñas y los dedos siempre teñidos por el tabaco de liar. Si no parecía un esperpento era por la elegancia que le confería su considerable altura y ese abrigo de paño gris que le había regalado su padre cuando cumplió 20 años. Según explicaba, discutían mucho por sus diferencias ideológicas y se fue de casa. En los enormes bolsillos de ese abrigo siempre llevaba algún libro de poesía rusa que empleaba como arma de seducción cuando salíamos por la noche. “¿En serio no conoces a Anna Ajmátova? Déjame que te lea algo”, le decía a las chicas que le concedían diez minutos para hablar de sí mismo.

Es lo que más hacíamos durante esas noches, hablar. Hablar y fumar, porque era una época en la que aún se podía fumar dentro de los bares y así las noches se hacían más cortas. Literatura, música, cine y mucha, mucha política, con conocidos y con desconocidos. Fiel a su apodo, creía en una revolución permanente y en la destrucción del capitalismo mediante acciones individuales de menor o mayor calado. Todos podíamos aportar a la causa, según su opinión. Realmente quería que este asqueroso mundo occidental colapsara de una vez. Nadie debía salvarse, nadie estaba libre de pecado.

Además, Álex siempre tenía historias truculentas e inverosímiles. Juró que había evitado que una chica mexicana se suicidara tirándose por un balcón, que había estado en casa de un anciano que tenía huevos de serpiente en su nevera, que se había acostado con una huésped multimillonaria en el hotel donde trabajaba y ésta le había pedido un mechón de su pelo púbico. “Le dije que era una privilegiada loca y empezó a gritar”, me dijo aún asustado. Yo disfrutaba creyéndomelo todo. 

Perdió ese trabajo, por supuesto, como todos los demás. Lo curioso de este revolucionario era que decía que quería destruir el sistema desde dentro y eso le llevaba, vaya usted a saber por qué, a aceptar trabajos de baja cualificación en el epicentro del capitalismo. De poco le sirvió su licenciatura en Filosofía; como he comentado era intelectual, pero nada astuto. Cocinó hamburguesas en el McDonalds de la estación de trenes hasta que le pillaron metiendo en la comida mensajes sobre las horas extra que imponía la empresa. Le despidieron de El Corte Inglés porque informaba a los clientes sobre dónde podían encontrar el mismo producto más barato. Fue recogepelotas en el estadio de fútbol y se jugó la vida llamando “fascistas” a gritos a los hinchas del equipo local. ¿Por qué no buscaba un trabajo que se adaptara mejor a su visión del mundo? Sólo Trotsky lo sabía. 

Me contó su nuevo plan un viernes por la noche. Estaba realmente excitado. La empresa de trabajo temporal le había conseguido un puesto como vigilante dentro del nuevo salón de juegos de azar de la ciudad, el Cronos.

– No, ¿en serio, Álex? ¿El de la Avenida Galileo?

– Ese, tío. El que abrieron hace un mes, con esos cristales opacos y esas luces repugnantes. Esta vez lo voy a conseguir. 

– ¿Pero qué cojones dices para que te propongan para esos trabajos?

– Finjo que me da todo igual y que necesito el dinero, es fácil.

– Es que es verdad que necesitas el dinero.

– Sí, pero es mentira que me dé todo igual. 

Su intención era perpetrar un golpe y un atentado en el mismo día. Tras varias semanas realizando sus tareas con diligencia para conocer bien el Cronos por dentro generaría suficiente confianza en sus superiores para disponer de llave propia. Lo consiguió. Según me explicó más tarde tuvo que disimular hablando con ellos sobre “los putos progres que querían regular el juego de azar”, tuvo que celebrar los días de mayor recaudación como si el negocio fuera suyo y mintió diciendo que había trabajado durante dos años en un casino de Alicante. Descubrió una obviedad, que el domingo por la mañana era el momento más tranquilo y que hasta las 10 no llegaban los camareros para abrir. Contaba con todo lo necesario para poder entrar por detrás antes del amanecer y eludir las cámaras de seguridad, desconectar la electricidad del local, coger el dinero de la caja y, en una temeridad sin precedentes en la carrera antisistema de Álex, colocar una pequeña bomba casera en las tragaperras con cuenta atrás. Se llama “bomba de tubo”, hasta en la Wikipedia explican cómo se hace, aunque él contaba con instrucciones más detalladas en fanzines revolucionarios. Tenía pensado admirar el resultado de su plan desde un banco al otro lado de la avenida.

– Venga, tío, qué dices…

– ¡Que no pasa nada! A esa hora no hay nadie usándolas y están a veinte metros de la barra donde estarán los camareros, solo destrozaré las máquinas y tendrán que venir los bomberos, nada más. 

El domingo vi las noticias y le llamé por la tarde para que me contara qué factor disuasorio orquestado por el sistema capitalista opresor contra el que llevaba quince años luchando había frustrado su plan esta vez. En internet hablaban de un artefacto explosivo doméstico mal fabricado que no llegó a funcionar y del robo del dinero por parte de un encapuchado que había sido grabado por las cámaras de seguridad de edificios cercanos.

– No le habrás contado nada a nadie. 

– Tranquilo, Trotsky, no conozco a nadie que le interese este asunto. ¿Qué pasó?

– Estaba todo bien planeado, entré y quité la electricidad, no había mucho dinero, unos novecientos euros. Me dio tiempo a irme a casa a cambiarme y volver a sentarme en el banco de enfrente. Media hora más tarde vi a los camareros entrar. 

– ¿Y? 

– Y cinco minutos después vi entrar a mi padre. 

La bomba no funcionó, efectivamente, y su padre nunca supo que estuvo en peligro por culpa del hijo al que no veía desde que el juego se le fue de las manos. Cuando le vio entrar, me dijo, se levantó del banco y se fue. No quise preguntarle por qué no intentó evitar el posible desastre cuando vio que su propio padre podría ser víctima de su gran idea, no supe cómo preguntárselo. Sólo quise saber qué pensaba hacer con el dinero. “Iré a El Corte Inglés y me compraré el abrigo más caro que vendan”, me respondió. Y eso hizo.

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