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Prosa

Tres

Francisco Miguel Romero

Santiago y Ana

En 1876, Blanche Monnier fue encerrada en una habitación por su madre. El cautiverio duraría 25 años. Un castigo que no debería haberse alargado, se transformó en una cadena perpetua. Ana, siempre que piensa en su viejo secreto, piensa en Blanche Monnier.

Mientras le aplican láser en su duro vello facial, Ana no puede dejar de entender a la madre de esa pobre desgraciada. A veces una oculta cosas en su interior por costumbre, por rutina. Cosas que se enquistan, se pudren, hieden. Y cuando las liberas, o te obligan a liberarlas, no entiendes, no eres capaz de comprender, qué demonios hacían encerradas.

Cada chispazo del láser en su cara es como un insulto de su exmujer. «Maricona de mierda», claro, había sido el más recurrente. Parecería que estuviera preparándose para el encuentro. Hacía mucho que no la insultaba, pero ahí quedó la marca para siempre. Decir que su ruptura no fue fácil es como decir que el terrorismo es una travesura de niños.

Chispazo. Bujarra. Chispazo. Chupa pollas. Chispazo. Culo lleno de leche. Chispazo. Muerde almohadas. Chispazo. Chispazo. Chispazo. El olor a pelo quemado impregna la habitación como incienso.

Ana no culpa a Nuria. ¿Cómo podría? La había engañado desde el mismo momento en que la conoció. No importaba que Ana se hubiera engañado a sí misma durante toda su vida, porque eso no era cierto: sabía bien quién era desde siempre.

Y fue Nuria quien abrió la puerta y se encontró de bruces con Blanche. Habían tenido una hija, Carmen, mientras el secreto se corrompía en silencio y, lo que era peor, sin necesidad alguna, en su interior.

Nunca le puso los cuernos. Nunca, a pesar de lo que le acusase Nuria, se había puesto su ropa. Ni siquiera con la excusa de juguetear en la cama; eso se lo pidió ella. Estos dos hechos eran importantes para Ana.

¿Por qué había llegado hasta aquel punto? Ojalá Ana tuviera una respuesta para dar. Sobre todo a sí misma.

Mañana por la tarde tenían una reunión con el tutor de su hija. No era casualidad que después de la sesión de refuerzo del láser por todo el cuerpo hubiera reservado hora en la peluquería. Lamentaba haber heredado las entradas de su abuelo.

«La niña va mal en el instituto, Santiago», le dijo Nuria. «Habrá que ir a ver al tutor». Ana siente un escalofrío en el perineo cada vez que piensa en Andrés, el profesor de su hija.

No se hace ilusiones, claro. Pero fueron esas cosquillas las que dijeron hasta aquí hemos llegado. Que había que ser por fuera la persona que es por dentro.

La mujer del láser cambia el aplicador y pasa a la zona perianal. Ana nota cómo el escroto se le endurece porque sigue ahí. El dolor que siente es el opuesto directo al hormigueo de pensar en Andrés. Algo más cercano a lo que sentía cuando en los últimos tiempos su exmujer le tocaba. Una mano en la pierna. Latigazo. Un beso en la mejilla. Latigazo. Un cachete en el culo. Latigazo. Latigazo. En la peor época, vomitaba cada vez que se acostaba con Nuria.

—Pues esto ya está. La dejo sola para que se vista.

Ana se sonríe: acaba de separarle los cachetes para completar la pauta.

A Ana le cuesta ponerse la ropa porque está toda pringosa de aloe vera.

Se recuerda que mañana por la mañana tiene también una reunión en el bufete así que tendrá que pasar a recoger el traje gris al tinte. Ha de darse brillo o no llegará a tiempo a la peluquería. Para la tarde tiene otro atuendo en mente.

No se hace ilusiones, claro. 

Andrés e Inés

Su mujer murió durante el parto. Hubo que practicarle una cesárea de urgencia, por lo que la niña nació impoluta, sin moratones. Nació, como se dice, de pie y eso mató a su madre.

Andrés no cogió a su hija durante su primer mes de vida. Casi no podía mirarla. Casi no habló ese febrero. Gracias a su madre, que se hizo cargo de la situación, a su hija no le faltaron las atenciones necesarias ni cariño. Su madre siempre estaba ahí para todo y todos. Una de esas personas que dan su amor a fondo perdido como el que da la hora. Que se enfadaba si él salía un poco de su estupor para darle las gracias. «A una madre no se le dan las gracias», decía. Desde el día que ella faltó el mundo fue indeciblemente peor.

Su suegra tampoco era capaz de acercarse a su nieta. No era mala persona; sólo estaba rota. Inés era su única hija. Lo era todo para ella y para su difunto marido. ¿Quién puede culparla? La madre de Andrés no lo hacía, desde luego.

Su madre se ocupaba de la niña y su padre de él. Lo obligaba a salir de la cama, a acompañarlo a hacer los mandados. A que le sujetara la linterna como cuando era un niño mientras hacía algún apaño en su casa que ya era sólo suya, ni siquiera del banco: el seguro de vida de Inés había cubierto el resto de la hipoteca. «Mi niño linterna», le llamaba su padre. Andrés se esforzaba en sonreír y su padre siempre lloraba en el coche a solas, durante el trayecto de camino a su casa, cuando su mujer le enviaba a por alguna cosa, con esa sonrisa que no era sonrisa clavada en la mente.

Andrés nunca quiso tener a la niña. La miraba de noche, a oscuras, mientras su madre, derrengada, dormía en la misma habitación. A veces la niña se despertaba y se quedaba ahí, balbuceando, sin saber lo que había provocado. Él se iba rápido, antes de que empezara a llorar y de que su madre se despertara.

Recibió un email de la junta escolar. Era correcto, profesional, frío. Agradeció eso. Le informaban de cuánto duraría su baja por paternidad. Se lo tomó como si le hubieran dado una baja por duelo. No era capaz de comprender cómo las bajas por paternidad podían durar más que una por defunción.

Llorar, lloraba poco, pero lo hacía a solas, en el baño. No estaba enfadado con la niña. Pero no podía cogerla. Su madre ya no le insistía. Su padre se lo callaba, pero, a veces, sí se enfadaba. Normal; era la cosa más bonita que había visto nunca. Él siempre quiso tener una niña, pero no sé quejó de ello nunca delante de sus dos varones.

Andrés, ya que su padre lo sacaba cada día de la cama sin demasiada resistencia, trataba de mantenerse al día y ayudar en lo que necesitara su sustituto con las tutorías. Lo había dejado todo muy cuadrado para el segundo trimestre, pero siempre hay algo que rematar. Creía que conseguía conectar con sus alumnos a pesar de que se encontraban en plena adolescencia. Intentaba ser amable, pero también buscaba mantener una distancia que a él le gustaba de calificar como cercana. Antes se veía a sí mismo como alguien que podía llegar a convertirse en un buen padre de un adolescente.

Cuando la niña lloraba mucho, se iba de casa. Nunca nadie se lo reprochó. A veces se metía en un cine. Otras, sencillamente paseaba. Las más se sentaba en un banco y hacía scroll en Instagram hasta que no aguantaba más. Fotografías y fotografías de conocidos y desconocidos. Caras y poses como si fueran modelos de moda, de pasarela. Inés era mucho de eso. Era agotador bajar a la playa con ella. Hacía poco que había borrado el perfil de Inés de todas las redes sociales en las que tenía cuenta. Cientos de imágenes de Inés frente a todo tipo de monumentos, calles y accidentes geográficos. Él conocía sus claves como ella las de él. No quería que sus amigos y seguidores siguieran posteando sus condolencias públicamente. No quería que cada aniversario de su muerte se convirtiera en un pequeño circo.

No se sentía padre; se sentía viudo. Y cada día que pasaba, más adolescente. Su casa se estaba convirtiendo en la casa de sus padres. Inés era quien llevaba las riendas del hogar. El día a día, el año a año. Lo único que le parecía que lo anclaba al presente era su trabajo y la baja aún tardaría en agotarse. Se planteaba regresar de manera voluntaria cuando cumpliera el mínimo establecido. También se planteaba acudir a un psicólogo. Cuando pensó en esto como en una posibilidad, creyó que estaba mejor y fue como si le faltara a Inés al respeto. Y de todos modos, ¿qué le iba a decir a un psicólogo?, ¿que estaba triste porque su mujer había muerto? ¿Que también se sentía traicionado? ¿Qué le podía responder el psicólogo, que dejara de estar triste? ¿Que esto también pasará?

Repasaba una y otra vez los wasaps de Inés. Muchos mensajes breves, puntuados con palabras de cariño de uso cotidiano. «Llegaré tarde», «baja», «pan!», ese estilo. Es lo que hay.

El día que se abrió un perfil falso en Tinder cogió a su hija por primera vez en brazos. Sólo un mes después de la muerte de su mujer se inventó un nombre y, sin subir ninguna imagen, comenzó a bucear entre las cuentas de las mujeres que cerca de él buscaban pareja. Duró cinco minutos. Dejó su móvil en su dormitorio y estrechó a su hija entre sus brazos. Su madre salió de la cocina y se lo encontró así, meciéndola por primera vez, besándola en la fontanela por primera vez, diciéndole «Inés, Inés» por primera vez. Su madre no dijo nada y los dejó solos. Ese momento sería lo último en que pensaría en su lecho de muerte, muchos años más tarde.

Cristóbal y Cristina

Lo cierto es que tiene un don. En el fondo, ni él mismo sabe cómo lo hace. A veces repasa las conversaciones que mantiene a través de las redes sociales y no comprende cómo llega a tocar las teclas justas que tiene que pulsar para conseguir lo que consigue. ¿Será esto lo que llaman instinto? A veces le preocupa un poco que su único talento sea conseguir que desconocidos le manden fotografías en las que aparecen desnudos. Pero tiene 16 años; la recompensa es grandiosa ante tan nimia preocupación.

Durante un tiempo Cristóbal pensó que lo lograba porque daba con gente predispuesta a ello. Así que, para probarse, usó sus perfiles falsos para conseguir imágenes de algunos de sus conocidos y compañeros: hizo estragos en el instituto y el ampa. Fátima, Elena, Macarena, Vicente, Bruno. Del triunfo con Nuria y Carmen se sentía especialmente orgulloso.

No es sólo las fotos que emplea en cada perfil. Hay algo más. Es capaz de descubrir la combinación de palabras justa. Se ve como un hacker mental. Algunas veces es más arduo y requiere tiempo, dedicación y planificación. Pero la mayoría de las veces es como si supiera cuál es la contraseña que se esconde en el cerebro de las personas que están detrás de la pantalla.

Y luego, ghosting, dejar en visto y hacer el vacío. Nada más. No llega a más. No lo necesita. No entiende la razón. Sabe que si sus amigos tuvieran este talento, no dudarían en usarlo para intentar follar de una vez.

Para Cristóbal es suficiente con obtener sus trofeos, esas imágenes amateurs baratas y sin gusto. Las tomadas en los baños, con toallas húmedas colgadas detrás de las puertas y con los lavabos repletos de botes le parecen las más chabacanas y son sus preferidas.

Nadie sabe nada de esto. Ni siquiera Cristina, su mejor amiga. La única persona que siente cercana. Con ella también se está empleando. Al principio se decía que quería gastarle una broma. Pero Cristina tampoco le ha dicho que se habla con un chico por Instagram y eso le ha dolido. No siente ninguna atracción por ella, pero sí creía que le contaría algo así. No importa. Ya estará ahí para Cristina cuando Marcos deje de contestar. Cuando su ansiedad ante el hecho de que un desconocido tenga fotos de ella desnuda la empuje a contárselo todo.

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